(GEC)
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Los pandemials habrán aprendido que hay un antihéroe invisible, peligroso y mortal, que se esconde en las manos sucias, en los tumultos, en la calle, que te puede devorar después de dejarte sin respirar. Los individuos aprenderemos que ha cambiado para siempre nuestra forma de trabajar, nuestra manera de relacionarnos, nuestra forma de comprar, nuestros aprendizajes y, finalmente, nuestra forma de mostrar afecto al prójimo.

Siempre habrá excepciones, pero la regla, después de esta ‘noventena’ en casa, es que la mayor parte del tiempo seremos distintos. El Perú nos ha mostrado las enormes desigualdades de las que estamos compuestos.

También lo arcaico de la estructura de un Estado por el que pasaron individuos con el poder para transformarlo, pero, en el mejor de los casos, se quedaron en intenciones y, en el peor, se lo robaron todo, hasta la esperanza del ciudadano. Aquí y ahora queda claro que son años luz los que nos separan de un sistema de salud democrático y apropiado y que la educación, en muchos pueblos del país, está en “carreta” jalada por piajenos. Aunque es de justicia decir que aun así hay esfuerzos personales que no matan por completo la esperanza.

Pero no es la regla. Lo que ha quedado en evidencia es la inutilidad de la autoridad municipal. Cada distrito parece una chacra, incapaz de gestionar respuestas colectivas para sus propios vecinos. Y en aquellas comunas donde hay mayor población y vulnerabilidad, la expresión del desastre es mucho mayor. Lo mismo sucede con el nuevo Congreso, que hasta ahora no aporta. Solo resta.

Seguimos, pues, huérfanos de un gran liderazgo capaz de plantear esa transformación política y social que necesitamos. Seguimos parchando nomás.

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