(GEC)
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Alentadora la noticia de que va en aumento la disposición de los peruanos a recibir la vacuna contra el COVID-19. Del 2020, cuando más de la mitad de encuestados se manifestaba en contra o desconfiaba abiertamente de las fórmulas inmunizadoras, la proporción de ciudadanos que hoy quieren recibirlas llega, en cambio, según recientes guarismos de Datum, al 65%.

La cifra tiene mérito y merece ser destacada, pues indica que el país se está moviendo en la dirección correcta, pese al bombardeo de noticias falsas (fake news) a que está siendo sometido a través de las redes sociales y canales oficiosos ya especializados en la desinformación sistemática como componente esencial de su estrategia para atraer audiencias a como dé lugar.

De las vacunas se han dicho casi toda clase de barbaridades, algunas de ellas tan extravagantes como que a través de las agujas nos iban a convertir prácticamente en teléfonos celulares, al implantarnos microscópicos chips para controlar mentes a distancia, o aquella “denuncia” de que la inmunización de las vacunas chinas apenas alcanzaba un ridículo 11% de eficacia, pues se trataba mayormente de agua destilada.

Especies todas que se difunden, por lo general, respondiendo a intereses inequívocamente turbios, sin pensar que con su rebote o traslado mediático están poniendo en peligro la vida de quienes tienden a creer, por ignorancia o buena fe, en este tipo de teorías de la conspiración.

Pero a contrapelo también de las polémicas generadas por el así llamado “vacunagate” o la promoción de sustancias y curas con nulo o escaso consenso entre la comunidad científica, resulta positivo que la población esté haciendo oídos sordos al ruido circundante y acuda, como están haciendo los adultos mayores, a los puestos de vacunación que les han sido asignados. Y en eso todos tenemos que comprometernos a colaborar.

Solo una vacunación masiva ayudará a reducir y hasta repeler la amenaza del COVID-19: esa es la única verdad incontrovertible que se debe tener en cuenta.