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Esta Navidad resultó movida en términos políticos. El anuncio de una nueva protesta juvenil para el sábado (¿se sostendrá ese ritmo?) no le da tregua al gobierno. Al menos Ghezzi ya ha pedido chepa; se notan fisuras al interior del gabinete (entre Jara y Urresti, precisamente los ministros más populares), mientras que Humala y Heredia se consumen en un discurso que el público no asimila. La Nochebuena en Palacio debió tener algún sabor amargo.

Mientras ello sucede entre las élites políticas, la informalidad desmorona la capital. El comercio ambulatorio pone en riesgo la vida de miles en Mesa Redonda y Gamarra, el transporte público colapsa en cada esquina, la delincuencia acecha a sus víctimas inclusive en los lugares más 'seguros'. La convivencia ciudadana se ha dañado, quizás, a niveles irreparables. Transitar la ciudad bajo estas condiciones es un ejercicio de obstáculos donde está en juego la seguridad personal.

¿Cómo procesar esta insatisfacción sin arruinar el ánimo celebratorio de estas fiestas? Al parecer, la salida individualista sigue siendo la opción. Para evitar que los gobernantes nos arruinen (también) la festividad, el peruano promedio se aleja más de la política. Ni siquiera en los momentos de paz y reconciliación, de pausa y abrazo, los gobernantes de turno –nacionales y ediles– son capaces de abstenerse de su ineptitud. Se han convertido en los 'Grinchs' eternos de todas nuestras celebraciones.

Fíjese usted: ¿cuál es el mensaje navideño del presidente Humala, más allá de organizar chocolatadas y distribuir regalitos? ¿Cuáles son los buenos deseos de la alcaldesa, si usted no logró llegar a sus compromisos a tiempo debido al caos urbano? Usted, sin embargo, intentó la mejor Navidad posible. ¡Felices fiestas!