(Foto: JNE)
(Foto: JNE)

Por Hugo Palma

Ha leído bien. He dicho pútridas o putrefactas, corruptas o descompuestas que se nos ofrecen en estas elecciones. Son lo contrario a las políticas públicas, esenciales para que los Estados, con decisiones y acciones de sus gobernantes legítimos hagan posible la convivencia civilizada y el desarrollo político, económico, social y cultural de sus pueblos. Exige identificar los problemas reales, sus causas, examinar posibles soluciones, definir programas y acciones, asegurar que existan recursos, seleccionar ejecutores responsables y verificar objetivamente sus resultados.

En nuestro país, la actividad política, que debe ser la búsqueda del bien común, se ha reducido a una lucha abierta de ambiciones personales y facciosas decididas a hacerse del poder para satisfacer sus intereses. No es un accidente, sino producto de décadas de cuestionables personajes escalando en la escena política para incrementar exponencialmente la corrupción, el nepotismo y obscenos niveles de impunidad. Ahuyentan de la cosa pública a los mejores, más preparados y competentes ciudadanos, que hay muchísimos; y convierten la política en la charca en que el país se enferma. Hay excepciones que exhiben trayectorias de esfuerzo, estudio, mérito, transparencia y resultados. Pero son la minoría.

De los que hablamos no tienen cómo proponer políticas públicas. Es un récord histórico de candidatos ignorantes, incompetentes, demagogos, populistas, fanáticos, corruptos y hasta denunciados, investigados, procesados y sentenciados. Jamás escuchamos tanto: “Es persecución política; ya se archivó; no me encontraron nada; ya prescribió”; y hasta de excarcelados: “Ya cumplí”. Compiten con los futbolistas en “fichajes” y se hacen gárgaras diciendo que su propósito es sacrificarse por su amor al pueblo. ¿Qué política proponen que sea razonable?

Lo que les sobra son “promesas”. No preguntemos sobre su financiamiento, viabilidad técnica, parientes y amigos que las ejecutarán. “Mano dura” para los demás; educación, pero ojalá no sean ejemplo. No habrá pobres gracias a las políticas que produjeron el bienestar escandinavo que disfrutan Cuba, Venezuela y Nicaragua. Sin minería, banca ni nada que parezca la perversa empresa, porque todo lo hará el Estado regalón. De alimentación, educación, salud, seguridad y más “nos darán” en abundancia y, además, “plata como cancha”. No habrá más corrupción, todos lucharán contra ella. Generosos prestamistas cobrarán intereses bajísimos y se creará, por ejemplo de Maduro, un Ministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo.

La “nueva Constitución” remediará mágicamente los males. La Asamblea Constituyente acogerá congresistas actuales, cuya “emoción social” dejará en julio al país quebrado e ingobernable; y como regalo final, derogarán la Ley de la Gravedad para que no mueran peruanos.

Los millones de votantes debemos preguntar. ¿Los centenares de candidatos en problemas con la justicia no deberían arreglarlos antes de postular? ¿Cómo creer que los acusados, investigados y procesados por corrupción y otros delitos los combatirán desde el poder? ¿Si los expresidentes tienen problemas penales, no será que sus allegados, ahora candidatos, también los tienen? ¿Pueden mostrar declaraciones de impuestos y cómo adquirieron sus bienes? ¿Los partidos que dicen representar los apoyarán? ¿Los repitentes actuarán como dicen o como siempre actuaron? ¿En cuántos meses será vacado “por incapacidad moral permanente” el presidente elegido?

En plena Guerra Mundial, Winston Churchill dijo al pueblo británico: “Solo puedo prometerles sangre, sudor y lágrimas”. ¿Podremos nosotros votar no por quienes más ofrezcan, cuyo “amor al pueblo” acabará la noche en que sean elegidos, sino por quienes traten racionalmente la durísima realidad que vivimos y no superaremos con promesas más falsas que cachetada de payaso? Y, recordemos, nadie tendrá derecho a quejarse de los resultados de su propio voto. Estamos advertidos.