La política del cardenal

“Cipriani fue un actor político que por momentos se convirtió en el principal vocero de la derecha peruana, haciendo que la Iglesia juegue de operador de intereses partidarios”.

Cardenal Pedro Barreto

"Tenemos ya un aval que reconoce que los tres poderes del Estado están, no diría en armonía aunque ese sería el ideal, pero que están cumpliendo sus funciones", señaló Barreto. (Foto: GEC / Video: Canal N)

(Foto: GEC)

Augusto Rey
Augusto Rey

Tomen nota de quiénes protestan por lo que dijo el cardenal Barreto sobre Fuerza Popular, pero que semanas atrás celebraban los comentarios que su antecesor lanzaba sin anestesia. Barreto, por un solo dicho, ha sido tildado de agitador y traidor. En palabras del congresista Tubino, es un mal ejemplo para los sacerdotes peruanos porque “podrían usar sus púlpitos para hablar de política”. Aguanten. ¿Cómo? ¿Qué hacía Cipriani todo el tiempo?

Cipriani usó el púlpito para denigrar a ministras por respondonas, a jóvenes que legítimamente tomaban las calles para protestar, a mujeres que exigían seguridad al abortar, a peruanos que pedían no ser discriminados por su orientación sexual y a políticos que se atrevían a cuestionar su forma de pensar. Cipriani fue un actor político que por momentos se convirtió en el principal vocero de la derecha peruana, haciendo que la Iglesia juegue de operador de intereses partidarios, precisamente del partido de quienes hoy reclaman desencajados. Ese es el doble estándar del conservadurismo local. Con Barreto se muestran muy valientes y saltones, pero con Cipriani se mantenían calladitos y sumisos.

El asunto es entender que la Iglesia nunca ha sido un actor neutral y que sabe bien cómo jugar con las dinámicas de poder. Así es como asegura su existencia y expansión, arrinconando en el proceso a algunos y fortaleciendo a otros, algo que paradójicamente fue avalado en el Perú por quienes hoy piden su silencio.

El representante de una organización así de poderosa no se va a callar. No se trata, entonces, de limitar la libertad de expresión del cardenal de turno, sino de asegurar que su influencia nunca penetre las políticas públicas ni la acción gubernamental de un Estado que debe regirse por la evidencia y laicidad. Esto es lo importante.

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