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Santiago Pedraglio,Opina.21spedraglio@peru21.com

De ser así, la reforma de la Policía tendrá que convertirse en su preocupación principal. No es que la Policía sea la única institución del Estado vinculada al esfuerzo de garantizar la seguridad.

Tampoco es que solo al Estado le toque comprometerse en la tarea; hay incluso instituciones de la sociedad, como las rondas y las asociaciones de vecinos, que pueden cumplir labores valiosas. Pero es imprescindible que la Policía sea la instancia sobre la cual giren todas las estrategias para cambiar la situación actual.

Hoy, es triste decirlo, la Policía no da seguridad ni confianza. ¿Qué se piensa al ver que se acercan varios policías o un patrullero? La imagen de la Policía –y la realidad, en buena parte, sobre todo para los jóvenes–, es la de una institución cuyo personal abusa de su autoridad y de su fuerza; una instancia que está lejos de dar certidumbre y tranquilidad. Demasiados policías parecen pensar que más les vale infundir temor o sacar provecho de su posición de poder, que garantizar protección y proyectar respeto.

Las autoridades, desde el presidente de la República hasta el comisario, pasando por el premier y el ministro del Interior, tienen que desvelarse pensando en que la Policía es la personificación del Estado en el barrio, en la esquina, al lado del colegio. Cada policía es su representante, puesto ahí para "dar protección y ayuda" (lo dice la Constitución, no es un invento); para garantizar la vida y la seguridad. Esta es una cuestión previa. La otra es lograr que la Policía se gane la confianza de la gran mayoría de los peruanos, que ciertamente no son delincuentes sino gente honesta que espera la protección de sus policías, no su sospecha ni menos aún su agresión.