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Giacomo Bocchio es un buen cocinero que, por impetuoso y joven, comete los excesos propios de su edad. Acaba de cambiar el concepto de Manifiesto, y lo ha transformado en un gastrobar. La idea es que sea un espacio amable, más informal, de platos juguetones pero igual de sabrosos. Nosotros fuimos dos veces para convencernos de su apuesta: la primera resultó una melodía desafinada, con riesgos innecesarios (¿una concha de abanico sobre pan?), y con florituras más que con realidades, pero la segunda fue placentera, con un tremendo plato como el cordero de Candarave con mollejas, con cocteles sabrosos y con vinos por copa y medias copas (franceses, españoles, portugueses) que son una invitación a quedarse y, sobre todo, a volver. Que siga mejorando.