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El último chamullo de nuestro empresariado criollo es que vamos rumbo al "Primer Mundo". Según contaron en el reciente CADE, en solo unos años este país de ricas montañas y hermosas tierras entrará al exclusivo club de la OCDE, al que solo dos países latinoamericanos pertenecen (México y Chile). Quizás ellos pecan de optimistas (y yo de pesimista), así que le propongo a usted, estimado lector, el siguiente ejercicio: vea en la calle, por ambos lados, a ver si ve al Primer Mundo asomar. Otorguemos el beneficio de la duda. Entrar a la OCDE es factible, pero ello supone un proceso de reformas económicas e institucionales improbables en Perú. En México y Chile –honestamente, no creo que representen el "Primer Mundo"– hubo cambios estructurales a nivel educativo, tributario, sectoriales, que precariamente han subsistido –o están en proceso– gracias al soporte del PRI y de la Nueva Mayoría, respectivamente. Y ya hemos visto cómo el reformismo de Peña Nieto ha entrado en crisis y las graves inconsistencias políticas al interior de la coalición que sostiene a Bachelet se tambalean. Las reformas no se hacen solo con tecnocracias, sino con una estructura política que está ausente en el Perú. Además, la informalidad, el subempleo, la corrupción, la inseguridad, los poderes ilegales, la crisis de representación política y un largo etcétera hacen que el discursete empresarial suene a broma de mal gusto. Hasta diría que ofensivo entre sus mismos empleados que reciben sueldos subdesarrollados, no están en planillas ni tienen los seguros respectivos. Las cifras nos pueden ubicar entre determinados parámetros, pero no nos hacen un país 'desarrollado'. Es más, creo que serlo no debería quitarnos el sueño. De esto mi columna mañana.