"Si bien al inicio de su mandato el arte de gobernar le era ajeno, ahora, contra todo pronóstico, lo es todavía más". Foto: archivo Presidencia
"Si bien al inicio de su mandato el arte de gobernar le era ajeno, ahora, contra todo pronóstico, lo es todavía más". Foto: archivo Presidencia

A diez meses de su llegada al poder, el presidente Pedro Castillo continúa, sin descanso, su esforzado pero incomprendido aprendizaje gubernamental. Para darnos una idea de la magnitud de su lucha, admitamos con humildad que nadie nace sabiendo, mucho menos él. En ese sentido, si bien al inicio de su mandato el arte de gobernar le era ajeno, ahora, contra todo pronóstico, lo es todavía más. Sin embargo, tengamos esperanza. Después de todo, ningún gobierno es completamente incapaz, ¿o sí?

Es casi mediodía en Palacio de Gobierno -a decir verdad, es casi mediodía en todo el país-, Castillo se pasa por enésima vez la mano por la frente. Luego se frota los ojos, como si ello lo ayudara a tener más claridad. Desde hace horas, dos hojas de papel reposan sobre su escritorio. Levanta ligeramente una con la mano derecha y la barre con la mirada. En seguida, la suelta y luego, con la otra mano, alza la hoja restante y hace lo propio. Después, levanta al mismo tiempo ambos documentos y se queda contemplándolos algunos segundos. De súbito, los suelta y ambos caen suavemente sobre el escritorio, como si fueran un par de hojas desprendiéndose de un árbol. De pronto, el teléfono, colocado en la esquina derecha del escritorio, empieza a sonar. Castillo contesta, da un suspiro y dice: “Ya pues, que pase”.

Desde su silla, levemente inclinado hacia atrás, Castillo ve el ingreso de su asistente. Cuando este se detiene a un par de metros del escritorio, el presidente se reacomoda en la silla y su espalda adquiere una posición casi vertical.

-Señor presidente, perdone que lo interrumpa -dice y luego, mirando los documentos sobre el escritorio, agrega-. Justo venía a preguntarle si ya tomó una decisión.

-No, todavía -responde Castillo moviendo la cabeza a ambos lados, mientras una mueca de cansancio aparece en su rostro.

-Ah, bueno.

-Escúchame. He aprendido que, para tomar una decisión, hay que estudiar bien las opciones. Más todavía en un cargo como el mío.

-Claro, señor presidente. Yo entiendo, pero usted sabe. La hora avanza y me están pidiendo una respuesta.

El sonido del teléfono vuelve a repiquetear. Castillo estira su brazo y, con un gesto de fastidio, contesta. La secretaria le indica que el premier Aníbal Torres acaba de llegar para la reunión que tenían pactada. “Me había olvidado completamente”, susurró y luego dijo: “Habrá que acabar con esto de una vez”. Ante la atenta mirada del asistente, Castillo vuelve a coger las dos hojas, las observa otra vez y le da una de ellas al asistente. Este revisa la hoja y sonríe.

-Listo, señor presidente. Entonces ha elegido la opción uno.

-Así es.

-Muy bien. La verdad yo habría elegido lo mismo: papa a la huancaína, arroz con pollo y su mazamorra morada.

El presidente asiente, satisfecho. Cinco minutos después, el premier ya se encuentra sentado frente al escritorio. En el otro extremo de este, Castillo lo está mirando.

-¿Qué pasa, señor presidente? Lo veo un poco demacrado.

-Estoy bien, Aníbal. Es solo que este trabajo es desgastante.

-¿Cuál trabajo?

Castillo achina los ojos y mira de lado a Torres.

-Este pues, el de ser presidente.

-Ah, sí, claro. Si prefiere tomarse un descanso, puedo venir más tarde.

-No, nada de descanso. Si el pueblo no descansa, yo tampoco.

Torres se reacomoda los lentes para volver a mirar a Castillo. Una sonrisa aparece en su rostro.

-Qué gusto me da trabar con usted. Es usted todo un ejemplo.

-¿En serio, Aníbal?

-En serio, señor presidente. Solo que no sé ejemplo de qué.

Como única respuesta, el presidente mueve la cabeza en forma circular, como si tratara de liberar alguna tensión. Un silencio incómodo empieza a crecer.

-¿Te parece si hablamos de lo que nos interesa?-dice Castillo, por fin.

-¿Y si mejor hablamos del país, señor presidente?

-Ya, está bien. ¿Qué novedad hay sobre los audios de Villaverde y Pacheco?

-Ninguna todavía, pero no debemos bajar la guardia.

-Felizmente que hasta donde he escuchado no me incriminan para nada.

-Pero sí lo mencionan. Dan a entender que usted está al tanto de toda la corrupción.

-Y eso es falso. No estoy al tanto de todo.

-Claro.

El presidente carraspea varias veces antes de volver a hablar.

-Escúchame, Aníbal -dice Castillo-. A mí lo que me preocupa es el pueblo.

-Entiendo, le preocupa que apenas les alcance para comer.

-Me preocupa que vengan a sacarme del gobierno. Con todo esto de los audios, ¿tú crees que estén sospechando de mi honradez?

-A ver, se lo diré de este modo. Según una encuesta que hemos mandado a hacer, solo el 20% sospecha que usted es un corrupto.

-Vaya, es un alivio. Después de todo no es tanto. ¿Y el resto?

-El resto está seguro.

Los ojos de Castillo se abren al tope, como si acabara de tener una visión apocalíptica.

-Pero, ¿qué pasa, Aníbal? Yo pensé que usted me iba a ayudar a levantar mi imagen.

-No es fácil, señor presidente. Ni siquiera puedo levantar la mía.

-Bueno, pero entonces, ¿qué hago?

-Le cuento. Tengo un equipo nuevo de comunicadores en la PCM.

-Ya, ¿y tienen una estrategia para mejorar mi imagen?

-En realidad, no.

-¿Alguna sugerencia?

-Ninguna.

-Pero algo dirán de mi situación.

-Mejor no le digo lo que dicen.

-No entiendo. Si no tienen ninguna solución para mí, ¿para qué me cuentas de tu nuevo equipo en la PCM?

-Ah, para que sepa nomás.

Castillo vuelve a inclinarse hacia atrás. La silla soporta su espalda y esta se acomoda al respaldar. Luego vuelve a incorporarse y, de pronto, golpea ambos puños contra la superficie del escritorio.

-¿Sabe qué, Aníbal? No soporto tanta incompetencia.

-Vamos, señor presidente. No sea tan duro con usted mismo.

-Estoy hablando de ti.

Torres muestra abiertamente su rostro de fastidio.

-Mire, señor presidente. En general, el problema principal es que la gente percibe que el país se está yendo al abismo.

-¿Tú crees?

-Sí, yo sí creo que se está yendo al abismo, pero mi opinión no importa.

-En eso tienes razón.

-Entonces, lo que hay que hacer es que el pueblo vuelva a tener esperanzas en el futuro del país.

-Hagamos una cosa, Aníbal. Te doy una semana para que me encuentres una propuesta.

-No hay que esperar tanto. Ya sé lo que tiene que hacer.

-Por si acaso mi renuncia no es una opción.

Torres da unos pequeños tosidos para aclarar la garganta.

-¿Hasta cuándo había plazo para la propuesta?

Apenas el premier se retira, Castillo vuelve a recostarse hacia atrás, al menos todo lo que la silla le permite. Luego, detiene su vista en un lugar indeterminado y se abandona a la reflexión. Entonces, de pronto, agrava el rostro al advertir que había omitido algo fundamental: “Caracho”, murmura, “me olvidé de pedir ají”.

Yuri Rodríguez: @Yuri_RV

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