(Foto: Juan Barreto/AFP)
(Foto: Juan Barreto/AFP)

Apenas Óscar Maúrtua salió del despacho presidencial, el ojo derecho le empezó a latir. Emergió de la puerta principal de Palacio de Gobierno, bajó raudo las escaleras y casi se lanzó al interior del vehículo oficial que lo esperaba. Su edecán, que iba en el asiento del copiloto, le preguntó si iban a la Cancillería.

-No, nos vamos a la casa de Richard Rojas -dijo mientras sacaba su celular y lo empezaba a revisar-. Y si no sabes dónde vive, averígualo. Tenemos que correr.

El chofer y el edecán intercambiaron miradas, mientras, atrás, el canciller lanzaba una serie de sonidos y quejidos ininteligibles. En más de una ocasión, en la confidencialidad de sus traslados, tanto el edecán como el chofer habían oído a Maúrtua mencionar el nombre de Richard Rojas, y no precisamente para destacar sus bondades.

-¿Y? -preguntó irritado Maúrtua-. ¿Ya sabes dónde vive?

-Sí, sí -respondió el edecán, casi mecánicamente-. Ya casi.

Cercanísimo a Vladimir Cerrón, ha sido el jefe de campaña de Perú Libre. Tras la victoria, Pedro Castillo lo designó embajador en Panamá. Sin embargo, para este país centroamericano, Rojas apenas si calificaba como turista. Investigado por presunto lavado de activos, lo más cerca que había estado de la carrera diplomática fue cuando pasó, sin saberlo, frente al palacio de Torre Tagle.

Minutos después, el vehículo llegó a la casa de Rojas. El canciller bajó del auto y, sin esperar al edecán, empezó a tocar el timbre. Segundos después, la puerta se abrió.

-Señor canciller.

-Dime Óscar nomás.

-Óscar nomás.

Maúrtua lo miró con seriedad.

-Perdón, estoy un poco nervioso.

-Imagino que ya le informaron de todo.

-Sí, creo que sí.

-Entonces traiga su maleta.

-Claro, claro -dijo atropellando sus palabras, mientras sacaba su maleta de ruedas–.

Ante la imposibilidad de hacerlo embajador en Panamá, Castillo decidió enviarlo a un gobierno amigo, hermano, casi cómplice: Venezuela. Contrario a lo que se esperaba, Maúrtua resistió a pie firme la tentación del pudor y suscribió –con lápiz– la decisión presidencial.

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-Por encargo del presidente, tengo que subirlo personalmente en el próximo avión a Caracas.

Rojas, sentado al lado de Maúrtua, en la parte posterior del automóvil, asintió.

-Tenemos menos de una hora para llegar -intervino el edecán–.

-Me dijeron que me iba a enviar a alguien -dijo Rojas-. Nunca pensé que fuera usted. Imagine mi sorpresa.

-Imagínese la mía -respondió Maúrtua.

-Lo que no entiendo es el apuro.

-El Poder Judicial aceptó el pedido de la Fiscalía. En cualquier momento dictan impedimento de salida del país contra usted.

De pronto, el auto se detuvo. Maúrtua y Rojas, sin querer, se inclinaron hacia adelante.

-¿Qué pasa? -dijo Maúrtua.

-Nada, señor. Solo un poco de tráfico -respondió el edecán.

-¿Y la liebre? ¿Acaso no tenemos ninguna moto que nos abra el camino hasta el aeropuerto?

Mientras el edecán buscaba en la lista de contactos de su celular, Maúrtua seguía serio, mirando por la ventana. Otra vez le saltó el ojo. A su lado, Rojas se reacomodó en la silla. Varias cuadras más allá, el vehículo volvió a detenerse.

-¿Y qué pasó ahora?

-A veces la gente no respeta ni al motorizado -respondió el edecán-. ¿Le consigo otra liebre para que le abra camino a la que tenemos?

Faltaba diez minutos para que el avión parta cuando llegaron. El canciller bajó la luna polarizada para despejar cualquier duda. Una leve sonrisa nació y murió en su rostro cuando vio, frente a él, el frontis del aeropuerto. Antes de descender, revisó una vez más su celular. Nada. El impedimento de salida todavía no era oficial.

-Óscar -dijo Rojas, extrañado, casi decepcionado al ver que se habían detenido frente a una de las puertas eléctricas-. ¿No vamos a ir en el avión presidencial?

Maúrtua le clavó la mirada y, un instante después, negó con la cabeza.

Antes de bajar, el edecán sacó de una bolsa varias mascarillas. Cuando Maúrtua, Rojas y el propio edecán las tenían puestas, bajaron del vehículo.

Los tres hombres apuraron el paso. Caminaban tan juntos que parecían ir tomados de las manos. Luego, a trancos, llegaron al módulo de la aerolínea.

-Señorita -dijo el edecán, acercándose-. Por favor, hemos tenido una emergencia y no hemos podido llegar antes. Hay un pasaje a nombre de Ricardo Rojas.

-Perdón, pero el avión ya está por salir. Ya no podemos dejarlo ingresar.

-Usted no entiende -intervino Maúrtua-. Soy Óscar Maúrtua, el canciller de la República. Y es una cuestión de Estado que este hombre tome ese vuelo.

-No se trata de mí. Son reglas de la aerolínea.

-Señorita, por favor -suplicó Rojas-.

-Yo les puedo imprimir el pasaje, pero no creo que lo dejen subir.

-Usted ayúdenos con eso -agregó Maúrtua-. Ya nosotros vemos el resto.

Mientras la señorita de la aerolínea revisaba la computadora y se prestaba a imprimir el pasaje, los tres volvieron a revisar sus celulares. Todo igual. Si la noticia no aparecía, entonces era razonable pensar que todavía no se haya formalizado la restricción.

-Señor Rojas, su pasaporte, por favor -dijo la señorita, al tiempo que recibió el documento y empezó a revisar su numeración.

-Apúrese, por favor.

-Sí, no se preocupe. Ya envié un mensaje para que lo esperen cinco minutos más.

Cierto optimismo los envolvió. Maúrtua terminaría por fin con ese nefasto encargo, el edecán se libraría del mal humor del canciller y Rojas, de antiguo estudiante de Derecho, pasaría a ser a todo un embajador.

-Solo una última cosa -dijo la señorita-. ¿Me puede mostrar su prueba de COVID-19, por favor?

Maúrtua miró el rostro de Rojas. Lo encontró derrotado y adivinó la respuesta. Por más que insistieron, la señorita se negó. El canciller, ofuscado, empezó a elevar más el tono y a perder los modales. El edecán trató de calmarlo. No les convenía un escándalo. ¿Recuerda lo del avión parrandero? Hasta ahora lo relacionan con él.

-Pero si la noticia no ha salido, podemos seguir intentándolo. La chica dijo que el próximo vuelo salía en cuatro horas.

El canciller miró al edecán. Rojas tenía razón. Regresaron entonces al auto. Estaban a punto de subirse en él cuando, de golpe, el rostro del canciller se avinagró todavía más. Y su ojo volvió a saltar. El edecán y Rojas miraron a Maúrtua, conteniendo la respiración. Este metió la mano al bolsillo de su saco y sacó su celular. Leyó el mensaje y luego, para corroborar, miró las noticias. Ahí, en letras rojas y gruesas decía: Último minuto, y abajo, pegado, en letras negras, fúnebres: Poder Judicial declara impedimento de salida del país a Richard Rojas. Un silencio mortal los paralizó durante varios segundos.

-Te jodiste -dijo Maúrtua mirando a Rojas, primero con cierta extraña satisfacción, pero luego con un inesperado y creciente pesar, un pesar tan abrumador que de pronto comprendió que, a fin de cuentas, también se estaba hablando a sí mismo.

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