"Por fin, los hombres que desgobiernan y, a veces, contragobiernan, Cerrón y Castillo, se encontraban sentados frente a frente, colisionando inevitablemente sus miradas. Quien no los conociera podría confundirlos con un par de ajedrecistas en espera del tablero y las piezas de rigor".
"Por fin, los hombres que desgobiernan y, a veces, contragobiernan, Cerrón y Castillo, se encontraban sentados frente a frente, colisionando inevitablemente sus miradas. Quien no los conociera podría confundirlos con un par de ajedrecistas en espera del tablero y las piezas de rigor".

A más de 10 kilómetros de la ciudad de Lima, yendo por la Carretera Central, se ubica el hotel El Pueblo. No es precisamente el pueblo al que innumerables veces han aludido tanto el presidente como Vladimir Cerrón; sin embargo, fue donde se realizó el encuentro de tan encumbrados personajes. Según los dirigentes que organizaron esta suerte de cumbre presidencial, la unión de Castillo y Cerrón es capital para el país, aunque, cosas de la vida, ambos sean de provincia. La cita buscaba despercudir, de una vez por todas, las rencillas que puedan haber enrarecido una relación que siempre fue tan transparente y honesta como, digamos, la contabilidad del Gobierno Regional de Junín. Todo a fin de lograr que los peruanos transitemos, sin demora, al futuro socialista del siglo XXI, o, dicho de otro modo, a la ruina total y absoluta.

Por fin, los hombres que desgobiernan y, a veces, contragobiernan, Cerrón y Castillo, se encontraban sentados frente a frente, colisionando inevitablemente sus miradas. Quien no los conociera podría confundirlos con un par de ajedrecistas en espera del tablero y las piezas de rigor.

–Pedro –empezó diciendo Cerrón.

–Presidente –corrigió Castillo, con un gesto de impaciencia.

–¿Presidente? –Cerrón se reacomodó en el asiento–. Ah, ya. Presidente me dices a mí. No, Pedro. Olvídate. Tú dime Vladimir nomás.

–¿Y tú presidente de qué eres?

–¿Cómo de qué? ¿Ya te olvidaste del partido?

–¿Cuándo juega la selección?

–Me refiero a Perú Libre. El partido gracias al cual tú eres presidente.

Castillo sonrió.

–Entonces, admites que el presidente soy yo.

Cerrón respiró hondo y sus costillas se ensancharon. Luego, tomó un sorbo del vaso de agua que reposaba a su lado.

–A ver, Pedro. Te puedo decir Pedro, ¿no?

–Está bien.

–Y tú me puedes decir solo Vladimir.

–Claro, solo Vladimir. No llegas a Vladimiro.

Castillo sonrió, pero rápidamente volvió a endurecer el rostro cuando vio que, de golpe, Cerrón empujó la silla hacia atrás y se puso de pie.

–Dejémonos de tonterías –dijo Cerrón–. Tenemos que llegar a un acuerdo cuanto antes.

–¿Por qué? ¿Hasta qué hora han alquilado el bungalow?

De entre todos los descansados lugares de dicho hotel, el elegido para tan magno –pero discreto– evento fue un bungalow, amoblado y equipado con todo lo necesario y, sobre todo, lo innecesario para la denominada “cumbre del pueblo”. En su interior, el edecán y un par de asistentes del presidente Castillo habían colocado una mesa y, sobre ella, dos vasos de agua. Una vez que ambos personajes ingresaron, todo su séquito quedó fuera, incluyendo a los equipos de seguridad de Castillo y el más numeroso, el de Cerrón.

– Mira, Pedro. Guido me contó que le pidió a Maraví que renuncie al gabinete.

– Lo sé, pero Maraví no quiere renunciar. Además, los del Conare tampoco quieren que lo saque.

– ¿Y dónde está tu autoridad? Tú eres el presidente. Tienes que mostrar temple, personalidad.

– Lo que pasa…

– Cállate que estoy hablando. Carajo, ya me olvidé qué te estaba diciendo.

– Que debo tener… temple, personalidad.

– Eso, temple, personalidad. Don de mando.

– ¿Dónde qué?

Castillo vio cómo Cerrón lo miraba. Como siempre, la humanidad del presidente se encontraba coronada por un sombrero. Con tanta frecuencia lo había utilizado que cualquier despistado extranjero podría confundirlo con una parte infaltable de la investidura presidencial o, más allá incluso, con uno de los símbolos patrios. En tanto, a falta de sombrero, a Cerrón no le quedó otro camino más que mostrar la totalidad de su dinámica testa. Sentado en la ventajosa posición de medio lado, Cerrón quedaba listo para salir despavorido ante cualquier movimiento sísmico, o, mucho más probable, ante cualquier operativo policial: lo que ocurra primero.

– Pedro –dijo Cerrón, en un tono más conciliador, luego de volver a sentarse e inclinarse hacia Castillo–. Toda la derecha quiere derrocarnos y nosotros tenemos que estar juntos.

– Juntos, pero no revueltos. ¿Qué tengo que ver con tus chanchullos en el gobierno regional?

– Ah, carajo. Así es la cosa. ¿Y de dónde salió el dinero para la campaña?

– Del pueblo.

– Del pueblo de Junín.

– Yo no sé nada de las cuentas.

– No me hagas reír, Pedro. Eso sí, la cosa está jodida. Imagínate cómo estará de preocupado mi abogado que ya está hablando de un posible asilo.

– ¿Y adónde te irías?

– No, un asilo para él.

– Vaya, ¿tanto así?

– Sí, pero ese es otro tema. Hablemos de política. Hay que definir el tema de Bellido y Maraví.

– Yo puse a Bellido como premier porque me lo pediste.

– Nunca te pedí eso.

– Claro, ¿no te acuerdas que te pedí que me dieras sugerencias para el gabinete?

– Me acuerdo. Y el primer ministro que te sugerí fue Bellido. Pero no te sugerí que Bellido fuera tu primer ministro.

La mirada de Castillo quedó como enganchada en algún lugar. Luego reaccionó, movió la cabeza a los lados y cogió el sombrero con sus manos. Hizo el ademán de quitárselo, pero se contuvo.

– Mira, Pedro –continuó Cerrón–. Ya las cosas están hechas. Bellido es el premier y no puedes desairarlo. Tienes que sacar a Maraví. Por último, ofrécele una embajada.

– Lo hice. Me pidió la embajada de Estados Unidos y luego me habló de un canal de cable.

– ¿Un canal de cable?

– Sí, de TNT.

De golpe, Cerrón se puso de pie. Dio un par de pasos hacia el fondo del bungalow y luego volteó a mirar fijamente a Castillo.

– Mira, Pedro, la cosa es así. Nosotros te llevamos a Palacio y nosotros te podemos sacar de ahí también.

– ¿Como a qué hora?

– No es que yo quiera amenazarte, pero, insisto, escúchame. La derecha quiere hundirte y es más fácil hacerlo si estamos separados. Te propongo algo, Pedro. ¿Dejamos a Bellido y sacamos a Maraví?

– No.

– ¿Sacamos a Maraví y dejamos a Bellido?

– No.

– ¿Dejamos a Maraví y te sacamos a ti?

En ese momento, se abrió la puerta del bungalow. Un miembro de la seguridad de Cerrón ingresó y se le acercó. Se inclinó hacia él y le habló despacio al oído.

– Mira, Pedro. Voy a tener que irme. Hay un fuerte rumor de que van a pedir y aprobar mi prisión preventiva.

– No te preocupes, Vladimir. ¿Cuál es tu fruta preferida?

– No, yo no voy a la cárcel. Pero, por si acaso, me urge arreglar un par de cosas. Más bien, piensa en lo que te he dicho sobre Maraví.

– No te prometo nada.

– Mejor. Ya conozco tus promesas.

Castillo y Cerrón se acercaron y se estrecharon las manos. Mucho tiempo había pasado desde el día en que Castillo aceptó la propuesta de ser el candidato presidencial de Perú Libre. En términos probabilísticos, que Castillo llegara a ser presidente equivalía a sacarse La Tinka dos veces seguidas, y sin comprar boleto.

– Suerte con el proceso judicial –dijo Castillo, con una leve sonrisa.

– Sí –dijo Cerrón, asintiendo con la cabeza–. Suerte para los dos.

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