"En la casa de la excandidata presidencial, apenas una hora después de hecha pública la decisión del Tribunal Constitucional, las llamadas iban y venían con la velocidad de la luz, naranja. Sentado en la sala, el abogado de Fujimori, César Nakazaki, espera que Keiko termine de atender al celular".
"En la casa de la excandidata presidencial, apenas una hora después de hecha pública la decisión del Tribunal Constitucional, las llamadas iban y venían con la velocidad de la luz, naranja. Sentado en la sala, el abogado de Fujimori, César Nakazaki, espera que Keiko termine de atender al celular".

Incluso en un país como el Perú, tan acostumbrado a la incertidumbre y los repentinos golpes de timón, todavía queda espacio para la sorpresa, real o pretendida. La noticia de la libertad del expresidente no solo entrampó una escena política ya entrampada, sino que también, en esa misma reiteración, partió a una sociedad ya partida. Así las cosas, ¿quién indulta a los peruanos?


En la casa de Keiko Fujimori, el primero en enterarse fue su esposo, Mark Vito.


-Keiko -dijo Mark- ¿ya te enteraste de la gran noticia?

-No, ¿qué pasó? ¿Encontraste trabajo?


Vito entrecerró los ojos.


-No. Y no entiendo por qué me dices eso.

-Bueno, Mark. Yo sé que no tenemos problemas económicos, pero no nos vendría mal un ingreso más.

-Estoy de acuerdo, pero tú siempre me dices que andas ocupada con eso de la política.

-No me refiero a mí.

-Keiko, por favor. Nuestras hijas todavía son muy jóvenes para trabajar.

-Me refiero a ti, Mark. A ti.


El esposo de Keiko abrió los ojos, como dos discos.


-¿A mí? Parece que te olvidas de que tengo mi propia inmobiliaria.

-Y tú parece que te olvidas con quién estás hablando.


Vito dio un largo suspiro. Luego suavizó la dureza de sus facciones.


-Keiko, ya pues. No vamos a discutir por tonterías. Además, lo que te tengo que decir te va a alegrar el día.

-Verdad, me ibas a dar una buena noticia. Dime de una vez, ¿qué pasó?

-Han reestablecido el indulto a tu padre.


Keiko saltó como un resorte del sofá.


-¿Cómo?

- Sí, tu padre va a quedar libre.


Keiko se abalanzó sobre Mark y lo abrazó. Luego cogió el celular de la mesa.


-Voy a llamar a mis hermanos.


De golpe, el rostro de Vito cambió de expresión. Parecía que se había topado con un hecho misterioso.


-Keiko.

-Sí, dime -dijo, volteando a verlo, interrumpiendo el marcado.

-Lo que han hecho es volver a poner en ejecución el indulto que le dio PPK. ¿Es así?

-Así es.

-Mmm…

-¿Por qué lo preguntas?

-Es que recuerdo que esa vez no estabas tan entusiasmada. Al contrario, recuerdo que el partido sacó un comunicado en que decía que estaba mal dado.


Keiko devolvió el teléfono a su lugar.


-¿A qué viene todo esto?

-¿Entonces estás contenta con la liberación de tu padre?

-Pero claro que lo estoy. Es mi padre. A veces haces unas preguntas.


En la casa de la excandidata presidencial, apenas una hora después de hecha pública la decisión del Tribunal Constitucional, las llamadas iban y venían con la velocidad de la luz, naranja. Sentado en la sala, el abogado de Fujimori, César Nakazaki, espera que Keiko termine de atender al celular.


-Doctor -dijo Mark, ingresando.


Nakazaki se levantó del sillón.


-Mark, ¿cómo estás? ¿Todo bien?

-Sí, doctor. Todo bien. Contento por la libertad de mi suegro.

-Tenía que ser así.


Vito volvió a adquirir una postura de contemplación.


-Doctor, quería preguntarle algo.

-Dime, Mark.

-Cuando PPK indultó a mi suegro… ¿se acuerda?

-Claro que me acuerdo.

-Bueno, esa vez que lo dejaron libre, ¿el partido no se quejó porque el indulto había sido mal dado?


Una sonrisa nerviosa emergió en el rostro de Nakazaki.


-¿No te acuerdas lo que pasó entonces? ¿Lo de Kenji? ¿Lo de Mamani?

-Pues ahora que lo menciona, algo me acuerdo.

-¿Pero cómo no te vas a acordar? ¿Qué estabas haciendo entonces?

-No sé. Imagino que jugando play.


El abogado de Fujimori movió la cabeza a los lados. En ese momento, ingresó Keiko. Saludó afectuosamente a Nakasaki. Ambos se sentaron, mientras Vito seguía de pie.


-Perdone que lo haya hecho esperar -dijo Keiko-. He estado coordinando para que las bases del partido salgan a las calles a celebrar la noticia.

-¿Del partido Fuerza Popular? -preguntó Vito.


Keiko dibujó una franca sonrisa en su rostro.


-Pero claro que de Fuerza Popular, Mark. No te digo que a veces haces unas preguntas.

-No es eso -dijo Mark, con un tono serio.

-¿Entonces qué es? -respondió Keiko, con la voz más fuerte.

-Si ustedes gustan, yo puedo volver más tarde -intervino Nakazaki, haciendo el ademán de ponerse de pie.

-No, doctor, ya bastante lo he hecho esperar.

-Quédese nomás -dijo Vito-. Yo solo quiero saber por qué antes criticaron el indulto y ahora lo aplauden.

-Nadie del partido criticó la libertad de mi padre, sino la negociación que hizo Kenji a mis espaldas.


Los tres se quedaron callados. Nakazaki trataba de ver hacia cualquier otro lado, menos donde estaban los esposos. Mark y Keiko se observaban, concentrados, miraban, como si estuvieran en una batalla de miradas.


-Ya está. Eso nomás quería saber. Ahora los dejo.


Vito miró a Nakazaki y asintió con la cabeza, como despidiéndose. El abogado de Fujimori hizo lo propio. Cuando Keiko y Nakasaki se quedaron solos en la sala, empezaron a conversar sobre los pasos administrativos que tienen que darse para que la libertad del expresidente se ejecute. Luego, Keiko volvió a hablar de los planes para la celebración.


-Estamos armando una gran gigantografía para ponerla en la plaza San Martín.

-Me alegra mucho, Keiko.

-Le vamos a poner “Alberto Fujimori, nuestro presidente, nuestro ejemplo”.


De pronto, la figura de Vito se materializó en la sala.


-¿Qué dicen que van a poner en la gigantografía?

-Mark -dijo Keiko, aniquilándolo con la miranda-. Fíjate bien lo que vas a decir.

-No voy a decir nada malo.

-Más te vale.

-Pero eso de poner a tu padre como ejemplo. ¿No es mucho ya?

-Perdone, doctor. Espéreme, por favor. Esto tomará solo un minuto -dijo Keiko cogiendo de la mano a Vito y llevándolo hasta la cocina.


En la sala, el abogado de Fujimori alcanzó a oír, casi sin querer, una voz que se alzaba: la de Keiko. Luego ya las voces se juntaron, se mezclaron y se volvieron un murmullo general, ininteligible. Entonces, Nakazaki dejó que su mirada se pierda y empezó a pensar, a recordar. De pronto, casi sin querer, un cuestionamiento envuelto en pregunta lo asaltó: “¿Ejemplo?”. Y luego, sin poder contenerse, empezó a reír.