Martín Vizcarra (Foto: Jorge Cerdán)
Martín Vizcarra (Foto: Jorge Cerdán)

Sus ojos de lagarto se alargaron todavía más cuando la noticia le saltó desde la pantalla de la tablet al rostro. Trabajosamente se quitó los lentes de montura negra y, mientras les pasaba un pedazo de franela a las lunas bifocales, movió la cabeza a ambos lados. Él, el peruano más temprana y más secretamente vacunado contra el COVID-19, y el que más veces se habría de vacunar en el país, había entrado al Internet buscando la vacuna bivalente, esperando lograr ya no la inmunidad, sino, quién sabe, la inmortalidad, pero –karma, le dicen– se topó de lleno con la fragilidad de la vida, con la desgracia hecha noticia, con el recordatorio de que no somos nada, sobre todo él: “Comisión de Fiscalización recomienda demandar constitucionalmente a expresidente Vizcarra”.

Subió al automóvil y le pidió al chofer que lo lleve a la oficina de su abogado, el doctor Ladrón de Guevara. Mientras las calles de Lima desfilaban por la ventanilla del vehículo, Vizcarra las miraba sin amor y, como Zavalita con el Perú, se preguntaba sobre él mismo ¿en qué momento se había jodido? ¿Habrá sido cuando decidió cerrar el Congreso? ¿Ahí habrá sido?

Vizcarra estaba sentado en un extremo de una gran mesa de directorio. ¿Habrá sido cuando fue presidente regional de Moquegua y conoció al que luego lo delataría? ¿Ahí habrá sido?

-Buenas tardes, Martín -dijo el abogado, sentándose a un metro de distancia-. Perdona que te atienda aquí, pero mi oficina está en plena remodelación.

-No te preocupes.

-Bueno, dime, ¿qué ocurre? ¿Por qué la visita tan intempestiva?

-Es sobre lo de la comisión. ¿Qué me recomiendas?

-Bueno, supongo que lo usual. Un 10 o 15 por ciento. Pero dime, ¿de dónde viene ese cariño? ¿De algún saldo que tenías por algún proyecto?

Vizcarra se quitó los lentes, los observó unos segundos y se los volvió a poner.

-No me entiendes. Yo me refiero a lo que ha dicho de mí la Comisión de Fiscalización del Congreso.

-Ah, perdona.

-Y eso que eres uno de los abogados más caros de Lima.

Ladrón de Guevara se reacomodó la corbata.

-Perdona, pero eso qué te puede interesar. Te recuerdo que nunca me has pagado un centavo.

-Y yo te recuerdo que, si no fuera por los favores de mi gobierno, no estarías en esta linda oficina. Estarías más bien en la calle, llenando formularios frente al Poder Judicial.

-Bueno, bueno, no hay necesidad de discutir. Después de todo, siempre tendrás algo más por lo cual agradecerme. Acuérdate que fui yo quien te presentó a tu amiga.

-¿Cuál amiga?

-Cuál va a ser pues, mi querido gatito fiu-fiu.

¿Y si ahí habrá sido? ¿Y si se habrá jodido con ese apelativo y con la bendita cancioncita esa? ¿Ahí se habrá jodido todo?

-A ver, Martín -retomó el abogado-. Me dices que la Comisión de Fiscalización te ha acusado de algo. ¿Es sobre la coima en Moquegua?

-No, no es nada de eso. Es sobre la época del COVID-19. Me acusan de haber comprado las pruebas rápidas.

-¿Cuáles? ¿Las que no servían para nada?

Otras calles de Lima pasaban ahora por la ventanilla del auto. Vizcarra ya ni las miraba. Sus sienes le latían y no podía dejar de mover su pierna izquierda. La visita a Ladrón de Guevara le había agriado el alma. Tanta conversación para que le diga que es un tema político, que recurra a sus amigos congresistas. Pero, ¿cuántos amigos tenía? Muy pocos, quizá los seis congresistas de Somos Perú, partido con el que postuló al Congreso. ¿No habrá sido ahí? ¿O habrá sido cuando el Congreso lo inhabilitó para ejercer cualquier cargo público durante 10 años?

-Detente -le dijo al chofer.

-¿Dónde? -preguntó, bajando la velocidad.

-Ahí, en ese centro de salud. Donde dice: puesto de vacunación.

Tras unas maniobras con el volante, el chofer logró estacionar el auto frente al local.

-Espérame cinco minutos -dijo Vizcarra, salió del auto y cerró la puerta-. Ya vuelvo.

-Señor Vizcarra -dijo el chofer-, esas vacunas nuevas son solo para el personal de salud.

Vizcarra se detuvo. Volteó a ver al chofer, lo miró con condescendencia, hasta con cierta ternura, como si estuviera viendo a un niño perdido desde el balcón de Palacio de Gobierno.

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-Es verdad que ya no soy el presidente, pero acuérdate de esto: soy y seguiré siendo Martín Vizcarra. ¿Me escuchaste?

Empezó a caminar hacia la puerta principal del centro de salud. En el breve recorrido, pudo ver, con satisfacción, que la gente lo miraba, lo reconocía, murmuraba cosas. Cuando llegó, intentó ingresar sin más trámite que su saludo, pero el guardia de seguridad se lo impidió.

-¿Por qué no me deja entrar? ¿Usted sabe quién soy?

-Claro que sé quién es. Por eso no lo dejo entrar. ¿No le da vergüenza haberse vacunado primero que todos y en secreto? De esas cosas uno no se olvida.

Algunas personas, curiosas, empezaron a rodearlos, a acercar los oídos para ver qué estaba pasando. ¿Eso fue entonces? ¿Ahí fue que se habrá jodido? ¿Ahí fue entonces? Vizcarra dibujó una sonrisa y así, con el gesto congelado, se inclinó y se acercó lo más posible al oído del vigilante.

-Escúchame bien -le susurró Vizcarra-. O me dejas entrar o muevo las influencias que todavía tengo y hoy mismo te quedas en la calle.

Vizcarra volvió a enderezarse, parecía todavía más alto de lo que es. El guardia, sin dejar la seriedad en su rostro, asintió.

-Pase, señor Vizcarra.

No tuvo que caminar demasiado hasta encontrar a una enfermera que estaba preparando y contando las vacunas que iban a empezar a aplicarse. Vizcarra se acercó a ella. Se presentó y le pidió que, por favor, le aplique una dosis. La enfermera primero dijo que no, que había un protocolo que seguir, que él no encajaba en el perfil de los que iban a recibirla, pero Vizcarra insistió. Lo hizo tanto que al final la enfermera sucumbió. Lo llevó a un pequeño cuarto y, sin más demora, se la aplicó.

-¿Qué me recomienda? -le preguntó a la enfermera-. ¿Sabe si estas vacunas bivalentes generan mucho rechazo en el cuerpo?

-¿Bivalentes? Estas no son las vacunas bivalentes.

-Entonces, ¿qué vacuna me ha puesto?

-La dTAP. Es para las embarazadas. Las protege de la difteria, el tétanos y la tos ferina.

Las calles de Lima pasaban todavía más rápidas por la ventanilla del auto. Vizcarra las miraba sin ver, mientras presionaba la zona de la vacuna. El hombro le había empezado a latir desde que salió del centro de salud. De súbito, mira a su chofer.

-Estoy jodido. Me han jodido. Pero quisiera saber cuándo. Tú qué dices. ¿Cuándo crees? ¿En qué momento me jodí?

El chofer miró por el espejo retrovisor la cara recortada de Vizcarra. Sopesó la pregunta durante unos segundos.

-La pregunta no es cuándo se jodió, señor Vizcarra. La pregunta es ¿qué tanto más se va a joder?

Vizcarra asintió. Luego volvió a mirar hacia afuera del vehículo, las calles, la ciudad, el país que había tenido en la palma de su mano. De golpe, puso su mano sobre el estómago y abrió los ojos lo más que pudo. “Estoy alucinando”, murmuró, “juraría que sentí algo así como una patadita”. ¿Ahí me habré jodido? ¿Habrá sido cuando le di una patada a PPK y me quedé con la presidencia? ¿Ahí habrá sido?

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Víctor García Toma