Envuelto en un traje de estreno emergió "Luis Barranzuela, el ministro del Interior. Con una fría sonrisa estampada en su rostro, miró, tranquilo, la pequeña calle sanisidrina donde acababan de detenerse".
Envuelto en un traje de estreno emergió "Luis Barranzuela, el ministro del Interior. Con una fría sonrisa estampada en su rostro, miró, tranquilo, la pequeña calle sanisidrina donde acababan de detenerse".

El chofer frenó de golpe y sin advertencia. El enorme y elegante vehículo negro se detuvo. Con el motor todavía prendido, parecía un enorme animal respirando sobre la pista. El primero en descender fue el edecán. En seguida, con el auto ya apagado, el conductor lo imitó y se apresuró en abrir la puerta de atrás. Envuelto en un traje de estreno emergió , el ministro del Interior. Con una fría sonrisa estampada en su rostro, miró, tranquilo, la pequeña calle sanisidrina donde acababan de detenerse.

Detrás de él, a un par de metros, una camioneta también había frenado. Cuatro policías vestidos de terno bajaron de ella y se distribuyeron en el lugar, enseñando, sin reparo, las armas de reglamento que llevaban bajo el saco.

El edecán se adelantó, tocó el timbre de la casa y anunció al visitante. Una señora de uniforme abrió la puerta e invitó a pasar a Barranzuela. “Por aquí”, le dijo, cruzando un jardín y lo llevó a un estudio apenas apartado del resto de la vivienda. “Tome asiento. Ahorita viene el doctor”, dijo la señora antes de dejarlo solo. El ministro del Interior miró con curiosidad el lugar: un gran escritorio de madera, una pared llena de libros, desde el suelo hasta el techo. Se preguntó cómo podrían llegar hasta esa altura.

–Señor Barranzuela –dijo el doctor Tello, a modo de saludo. Ambos se estrecharon las manos.

Ambos se estrecharon las manos.

–¿Se le ofrece algo? ¿Café? ¿Gaseosa? ¿Un vaso de agua?

–No, gracias. Acabo de venir de un evento.

–Bueno, entonces empecemos. Siéntese, por favor.

El ministro miró las posibilidades. Una silla frente al escritorio, un diván al lado de este y un sillón que aparentaba ser muy cómodo. Dio unos pasos y se sentó en el sillón.

–Le gusta la comodidad –dijo el doctor y el ministro se inquietó, como si hubiera tomado la decisión incorrecta.

–Sabe, no estoy acostumbrado a esto. Para serle sincero, he venido más a pedido de mi socio, Raúl Noblecilla. Y, claro, más por un consejo político que personal. Él confía mucho en usted.

El doctor caminó hasta la silla y se sentó. Cruzó sus piernas delgadas, como dos pinzas, y apoyó sobre su regazo el cuaderno que llevaba en la mano. Lo abrió, avanzó unas hojas y escribió: Barranzuela. Octubre, 2021. Sillón.

–A ver, cuénteme.

–Mire, le cuento un poco el contexto. Yo he sido asistente de Bermejo.

–¿Bermejo? Al que acusan de terrorismo.

–Sí, él –dijo Barranzuela–. Y también he sido abogado de Cerrón.

–Al que investigan por Los Dinámicos del Centro.

–Ese mismo.

El doctor arqueó las cejas.

–Asistente de Bermejo y abogado de Cerrón –dijo como hablando para sí mismo–. Ahora entiendo. El que está mal es usted.

–Yo no estoy mal. Bueno, no sé. Pero no he terminado de contarle.

–Siga. Lo escucho.

–Bueno, resulta que Cerrón me llama y me dice que vaya a Palacio a reunirme con el presidente Castillo…a él sí lo conoce, ¿no?

–Claro, el del sombrero.

–Ese mismo. La cosa es que voy y Castillo me nombra ministro del Interior.

Tello levantó la mano derecha, como pidiendo una pausa.

–Déjame ver si entiendo. Castillo le da el Ministerio del Interior sabiendo que usted era el asesor de un acusado de terrorismo y el abogado de un presunto líder criminal.

–Así es.

–Entonces el que está mal es Castillo.

Barranzuela se frotó las manos y se reacomodó el saco, inquieto.

–Pero escúcheme, todavía no he terminado.

–Siga.

–Bueno, resulta que por mi cargo tengo que impulsar la erradicación de la hoja de coca.

–No me diga que está en contra.

–Claro que estoy en contra. ¡Malditos yankis imperialistas! Es más, igual que Bermejo, quiero que se vaya la DEA.

El doctor movió la cabeza, de un lado a otro.

–Otra cosa –dijo Barranzuela–. También soy abogado de Perú Libre.

–No me sorprende. Cerrón es lo mismo que Perú Libre. A propósito, qué cosa habrá hecho Cerrón para llegar a ser gobernador.

–Bueno, a mí me consta que fue elegido libremente en Junín.

–¿Seguro?

–Claro.

–Entonces el que está mal es Junín.

Barranzuela carraspeó antes de volver a hablar.

–También hay otra cosa. Yo mismo soy investigado por presunto peculado cuando trabajé en Tumán. Ah, ¿le dije que mi abogado es el mismo que tiene Bermejo?

Tello dio un largo suspiro y cerró su cuaderno.

–Perdóneme, pero qué clase de ministro puede ser usted... ¿Siquiera conoce algo del aparato policial?

–Claro, fui policía.

–Bueno, algo positivo. Al menos conoce el sector.

–Tuve 158 amonestaciones en mi carrera.

–¿158? Por Dios. Al menos dígame que no le dieron de baja.

–Sí, pero solamente una vez.

El doctor se frotó los ojos con la mano, como si estuviera enjugando algunas lágrimas.

–Y lo peor de todo –dijo Barranzuela–. Cerrón acaba de anunciar que no le dará la confi anza al nuevo gabinete. O sea, a mí tampoco.

Barranzuela se levantó de improviso y empezó a caminar en el interior del estudio.

–No sé por qué Cerrón me quiere sacar. A no ser que todo sea parte de un plan que desconozco. Estoy confundido.

–Si usted está confundido, señor Barranzuela –dijo el doctor–, imagínese cómo estaré yo. Lo mejor será que dejemos esto aquí. Lo único que puedo aconsejarle es que renuncie, pero seguramente no lo hará.

–Claro que no. Yo sé que mi nombramiento ha sido una insensatez, pero nunca lo voy a admitir en público.

Después de unos segundos de silencio, el ministro del Interior se acercó al doctor. Este se levantó y ambos se dieron la mano.

–¿Le debo algo, doctor? –dijo Barranzuela.

–Bueno, lo mínimo que cobro son 100 dólares por sesión.

–No hay problema. Le diré a mi secretaria que se lo mande.

–Una curiosidad –dijo el doctor–. ¿El dinero que me va a enviar es de usted o del ministerio?

Barranzuela se encogió de hombros.

–¿Usted qué cree?

Apenas el ministro salió de la casa y volvió al auto, los miembros de su seguridad regresaron a la camioneta. La pequeña comitiva empezó entonces a circular por las calles de Lima. Encapsulado, separado del mundo exterior, Barranzuela empezó a rememorar esa extraña y fugaz visita al doctor Tello. Sin embargo, en un momento, entre la comodidad del asiento de cuero, el fresco del aire acondicionado y el sopor de la tarde, la imagen del doctor se le fue borrando y fundiendo con las de Cerrón, Castillo y Bermejo. Y, justo antes de caer en el sueño profundo, armó un pensamiento definitivo: qué triste sería ir por la vida sin la circulina, sin aquel sonido ondulante, constante y, sobre todo, tan embriagador.

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