Pequeñas f(r)icciones: Doble o nada, la apuesta final de Castillo
Pequeñas f(r)icciones: Doble o nada, la apuesta final de Castillo

En la oscuridad del sueño profundo, escuchó su nombre, primero como un rumor, apenas reconocible, luego, más fuerte, hasta hacerse nítido, casi tangible. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para abrir los ojos, tanto que pareció que se los hubieran pegado en algún momento de la noche. Entonces, pudo distinguir a su esposa, sentada en el borde de la cama.

–Aníbal –dijo–. El presidente está abajo. Quiere hablar contigo.

El sacudió un par de veces su cabeza y se pasó las manos sobre los cabellos ralos. Miró directo a su esposa, en silencio, como si fuera la primera vez que la estuviera viendo.

–Anibal –insistió su esposa– ¿me escuchaste? ¿Ya estás despierto?

Torres asintió con la cabeza.

–El presidente está abajo. Tiene que ser algo urgente.

El premier estaba de acuerdo con su esposa. En todos estos meses, era la primera vez que irrumpía en su casa de esa manera. ¿Qué podría ser? ¿Habrá salido algún audio nuevo donde mencionaban a Castillo? ¿Habrá decidido renunciar a la presidencia? De pronto, Torres frunció el ceño. Había estado pensando solo en Castillo, pero quizá el tema tenía que ver con él mismo. ¿Y si venía a pedirme que deje mi cargo de premier? Seguro que Salas, el ministro de Cultura, terminó de convencerlo. Hace tiempo que está ahí, detrás, buscando ese nombramiento.

–Aníbal –dijo la esposa– Te quedaste mudo. ¿En qué estás pensando?

–En nada –respondió, mientras se incorporaba de la cama–. Más vale que me apure y no lo haga esperar.

Algunos minutos después, Torres bajó las escaleras del segundo piso y desembocó en plena sala principal.

–¿Dónde está? –preguntó a la mujer que trabaja en su casa. Luego, con una mirada cruda agregó–. No me digas que ya se fue.

–No, señor. Está en el patio.

–¿En el patio? ¿No le ofreciste que se siente aquí?

–Sí –respondió–, pero se puso a mirar los muebles, luego a revisar los cuadros y las paredes.

–Seguro estaba buscando micrófonos o algo así –dijo al aire, casi como diciéndoselo a sí mismo–. Está paranoico.

Cruzó la sala, esquivó un par de muebles y atravesó la mampara. Apenas pisó las losetas rojas del patio, se detuvo un momento. Alzó la vista y distinguió a Castillo, sentado en una de las sillas de madera. Cuando llegó hasta donde él, le estiró la mano para saludarlo.

–Señor presidente.

–Aníbal –dijo Castillo, poniéndose se pie.

–Siéntese nomás, más bien, ¿no se le ofrece algo?

–Nada –dijo Castillo, volviendo a sentarse.

Todavía era muy temprano, pero el cielo ya estaba despejado. La luz del sol los sometía, sin piedad, y la sensación de calor iba en aumento.

–Te debes estar preguntando por qué vine aquí, un domingo a esta hora.

–La verdad es que sí –respondió Torres.

Castillo se inclinó hacia adelante. Posó las palmas de sus manos sobre las piernas y dio un respiro profundo.

–Mira, Aníbal, por más que no lo quiera ver, siento que el Gobierno se cae a pedazos.

–Señor presidente…

–No, no, déjame terminar. Como la caída será inevitable tenemos que estar preparados.

–¿Y qué ha pensado?

–Voy a conseguirme un doble.

–¿Un qué? –preguntó Torres.

–Un doble. Como en las películas. ¿No has visto esas películas donde las autoridades tienen un doble para que no les pase nada?

Torres se pasó los dedos índices sobre los bordes de los ojos. Si bien sintió alivio al comprobar que la visita no era para dejarlo fuera del Gobierno, la preocupación volvió al escuchar la idea de Castillo: tener un doble. Si con un Castillo el Gobierno era inestable, ¿qué pasará con dos?

–Cuando salga alguna prueba contra mí, todos van a pedir mi renuncia. Entonces mi doble sale y renuncia. ¿Qué opinas?

–No entiendo –dijo Torres–. Si usted renuncia…

–No, Aníbal, el que renuncia es mi doble.

–Ya, el que renuncia es su doble.

–Claro, y entonces yo puedo seguir en el poder.

Torres se puso de pie. Dio un par de pasos y se detuvo frente a Castillo.

–Señor presidente, me parece que se está confundiendo.

–¿Cómo así?

–Si su doble renuncia es como si usted renunciara. ¿Entiende? Usted no va a poder seguir en Palacio. Para la gente que renuncie usted o su doble es lo mismo. ¿Entiende?

Castillo quedó en silencio. Sus ojos se movían, de un lado a otro, en sus órbitas. Luego, empezó a mover los dedos sobre su mentón, como si estuviera afilándolo.

–Tienes razón, Aníbal –dijo, con la voz apagada.

–Lo siento, señor presidente.

Pero, de golpe, una luz pareció iluminar el rostro de Castillo.

–Espera, pero igual me puede servir un doble.

Torres entrecerró los ojos y dibujó una sonrisa apenas perceptible.

–Si alguien quiere atentar contra mí, entonces atentaría contra mi doble.

–No creo que lleguemos a esos extremos –dijo Torres.

–Pero si llegamos, entonces ahí sí me serviría tener un doble. Pero igual estaría poniendo en peligro a mi doble, o sea a mí. En ese caso, lo que podemos hacer es ponerle un doble a mi doble.

–Señor presidente –dijo Torres, quien seguía de pie, frente a él–. Olvídese de este asunto del doble. No solo no será sencillo encontrar a alguien igual a usted, sino que no le va a servir. Si lo hace, la gente, la prensa, todos se darían cuenta y se burlarían del Gobierno, de todos nosotros.

De pronto, Castillo empezó a reírse.

–¿Qué pasa, señor presidente?

–Yo no soy el señor presidente.

Cuando Torres vio al otro Castillo salir de la sala y dirigirse hacia él, casi se cayó de la impresión. A duras penas, llegó hasta la silla y se hundió en ella. Desde ahí, comparó a ambos mandatarios, a ambos Castillos, a ambos chotanos.

–El parecido es increíble –dijo Torres–. Y no solo físicamente, sino también en la manera de hablar.

–Gracias –dijeron, al mismo tiempo, el presidente y su doble.

Castillo le explicó al premier que se había dedicado las últimas semanas, casi íntegramente, a ese proyecto. Pasado el deslumbramiento, y ya a solas con el presidente, Torres insistió en sus reparos sobre la verdadera utilidad de un doble presidencial. Castillo lo escuchó y, antes de despedirse, prometió pensar en su argumentación.

–¿Y Aníbal? –preguntó la esposa, ya minutos después, estando a solas en pleno desayuno– ¿Tú crees que lo haga?

–¿Pensar? No sé, con el presidente nunca se sabe.

–¿Y tú qué crees? Dime, así, en confianza. ¿Cuánto tiempo le queda a Castillo como presidente?

–¿Al verdadero o al falso?

La esposa sonrió, mientras untaba la crema de queso en el pan.

–Ya, pues, te hablo en serio.

–Ya, en serio. Pregúntame.

–¿Cuánto más durará Castillo en la presidencia? ¿Tú lo ves en Palacio el 2023?

–Sí –dijo Torres, cogiendo la taza de café–. en Palacio de Justicia.

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Yahaira Plasencia