"Don César -dice una de las empleadas-, perdone que lo interrumpa. Afuera hay un señor que no me quiso decir su nombre, pero insiste en que usted lo está esperando".
"Don César -dice una de las empleadas-, perdone que lo interrumpa. Afuera hay un señor que no me quiso decir su nombre, pero insiste en que usted lo está esperando".

Sentado en el mueble de mimbre que acaba de comprar, tiene la mirada extraviada, parece hipnotizado por el movimiento ondular del agua tornasol de la piscina. Sin embargo, no puede darse el lujo de tomar una siesta. Sabe que en cualquier momento llamarán a la puerta.

-Don César -dice una de las empleadas-, perdone que lo interrumpa. Afuera hay un señor que no me quiso decir su nombre, pero insiste en que usted lo está esperando.

-Está bien. Que pase.

-¿Seguro que es la persona que espera? Se le ve medio raro. Su ropa, su pelo. No parece uno de sus invitados.

-No te preocupes -dice Acuña, mostrando una leve sonrisa-. Hazlo pasar y llévalo al estudio. Ahí lo voy a esperar.

Acuña bordea el jardín, entra en el cuerpo de la casa y camina hasta el estudio. Solo unos segundos después, golpean a la puerta.

-Pasa -dice Acuña.

Cuando la puerta se abre, el líder de Alianza para el Progreso no puede evitar que sus ojos se agranden y queden, por un segundo, enormes, como dos discos. El recién llegado lleva un cabello desordenado; más que cabello, parece un revoltijo de trapos sucios y recortados. La camisa podría haber sido alguna vez amarilla o quizá crema. Sus pantalones anchos y manchados les hacían juego a los zapatos, un par de amasijos de cuero donde escondía sus pies.

-Anda nomás -le dice Acuña a la empleada-. Y, por favor, que nadie nos moleste.

La empleada asiente, vuelve a dar una rápida mirada al visitante y sale del estudio. Cuando la puerta se cierra, Acuña lanza una carcajada.

-Perdone que me ría, pero, cuando me dijo que venía disfrazado, yo me imaginé otra cosa. La verdad es que parece un loco de la calle.

El hombre empieza por sacarse con facilidad la peluca. Luego la camisa y, trabajosamente, el pantalón. La ropa limpia que llevaba debajo contrasta con la vestimenta que tenía puesta y que, ahora, está tirada en el suelo.

-¿Y los zapatos?-pregunta Acuña, con sorna.

-Con el apuro me olvidé de traer otro par.

Acuña sonríe. Nadie podría creer que el orate que llegó a su casa es, en realidad, el presidente de la República. Ahora Acuña se encuentra sentado del lado central del escritorio y Castillo en el otro extremo.

-Supongo que me tienes una respuesta -dice Castillo, de golpe y con un tono imperativo al que Acuña no está acostumbrado.

El hombre de la “plata como cancha” se toma su tiempo. Abre uno de los cajones del lado, se inclina de lado y extrae un documento anillado.

-Mire, señor presidente. No ha sido fácil, pero mi gente de la Vallejo lo consiguió. Este es el original de su tesis.

-Excelente, entonces mi tesis es original.

Acuña niega, moviendo la cabeza a los lados.

-No, lo que digo es que esta es la tesis que usted presentó. No se trata de una copia.

-Entonces mi tesis no es una copia.

-No me entiende -dice Acuña.

-El que no me entiende eres tú. Yo solo quiero saber si me vas a ayudar o no.

-En este caso qué significa ayudar.

-Ya sabes. Que me dejes cambiar la tesis y que luego salga tu universidad a decir que la tesis que salió en los medios no era la mía.

-¿No cree que le está dando demasiado importancia a esto?

-No creo. ¿No te das cuenta de que están buscando cualquier razón para que yo renuncie?

-Tampoco es que usted se lo esté poniendo difícil.

Castillo achina los ojos y cierra los puños.

-¿Y entonces? ¿Me vas a ayudar con la tesis?

-Quisiera, señor presidente, pero ya todo se ha hecho público.

Castillo hierve de rabia, indignación. Se levanta y empieza a recoger las prendas de su disfraz. Se vuelve a poner el pantalón, la camisa y termina colocándose la peluca.

-¿Quiere que mi chofer lo lleve a Palacio?

-¡Claro que no! Mi seguridad me está esperando cerca de aquí.

Apenas termina la frase, sale del estudio. Recorre el camino inverso por donde lo trajeron, llega hasta la puerta y sale de la propiedad. Pocos minutos después, Acuña recibe en el estudio a su hijo Richard. El congresista por Alianza para el Progreso se sienta donde antes había estado Pedro Castillo.

-Te cuento que vino Castillo. Quería que lo ayude con lo del plagio de su tesis.

-¿Quería que lo ayudes a plagiar? Eres bueno en eso.

-No, Richard. Quería que lo ayude a encubrir el plagio.

-En eso eres todavía mejor. Lo vas a ayudar entonces.

-La verdad es que habría sido bueno que el presidente nos deba un favor. Pero la copia de la tesis ya la tiene todo el mundo. A estas alturas ya no se puede hacer nada.

-Pucha, papá. Ojalá nomás que no lo tome personal contra nosotros.

-No creo, hijo.

Una sonrisa aparece de pronto en el rostro de Acuña.

-Te cuento -dice Acuña-, Castillo está tan asustado de la prensa que vino disfrazado.

Richard muestra una sonrisa todavía mayor.

-No te creo.

-Sí, ojalá lo hubieras visto. Parecía un loco con una peluca toda sucia y una ropa de pordiosero.

Richard entonces parece congelarse. Siente, ademásm como si hubieran liberado mariposas en su estómago.

-Dices que parecía un loco…y sus zapatos parecían estar…a punto de romperse.

-Exacto.

-¿Y hace cuánto dices que se fue?

-No sé, como 15 minutos.

Richard se pone de pie y empieza a dar vueltas.

-Pucha, papá, yo qué iba a saber que ese loco que caminaba junto a la casa era Castillo.

-Richard -dice Acuña, inclinándose hacia adelante- ¿qué has hecho?

-Lo que habría hecho cualquiera. Llamé a Serenazgo para que se lo lleven. Y no sabes, como nunca, los malditos llegaron al toque. Al final agarraron al loco…o sea, a Castillo.

-¿Y qué pasó?

-Se resistió como un animal, pero al final lo metieron a golpes en la camioneta y se lo llevaron.

Acuña se pasa la mano por la frente.

-¿Y su seguridad?

-No sé.

-Pero al menos no te vio.

-Claro que me vio. Si hasta me empezó a gritar por mi nombre.

-¿Y no te pareció raro que un loco te llame por tu nombre?

-No, papá, ya sabes. Soy medio famoso.

Entonces, el celular de Acuña empieza a vibrar. En la pantalla del teléfono ve que la llamada es de Castillo. Mientras el timbre suena con insistencia, padre e hijo se miran sin atinar a nada. De pronto, Acuña comprende qué tiene que hacer.

-Aló -contesta, por fin- sí, señor presidente. Justo estaba por llamarlo para decirle que no se preocupe. Lo vamos a ayudar. Estoy seguro de que no fue plagio, fue copia.