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Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantesrvasquez@peru21.com

Hay primer ministro hasta diciembre, dijo, tratando de despejar los rumores que ya sonaban por todos lados, Juan Jiménez Mayor, presidente del Consejo de Ministros número 3 de Ollanta Humala. Al día siguiente estaba presentando su carta de renuncia porque lo botaron y no por otra cosa. Era evidente, pues, que la palabra del premier no tenía ya ninguna credibilidad. Es cierto, para ser justos, que no salió envuelto en ningún escándalo de corrupción pero, para ser justos también, es cierto que esa debería ser la norma y no la excepción en la política de cualquier parte del mundo.

Lo que sí me queda claro es que se fue como llegó: como un felpudo que, a fuerza de tanto pisotear durante un año y dos meses, quedó convertido en estropajo. Y todos sabemos cuál es la suerte de los estropajos. Como ya no sirven ni para limpiar, se los bota sin remilgos. Eso explica la indignidad política de su retiro. Indignidad que Jiménez debe de haber sentido como clímax, si cabe, del desfondamiento del orgullo humano, cuando se enteró de que al único que sacaron con viento fresco fue a él después de haber sido cabal ventrílocuo de Nadine Heredia y Ollanta Humala.

Es decir, el pobre hombre se fue solo, con su servilismo a cuestas, sin que ni un ministro de los que supuestamente lideró se haya solidarizado con él acompañándolo a bajar al llano. ¿Por qué debían de hacerlo si sus "pares" saben a quién hay que pedirle "luz verde" para seguir en el cargo? Después de todo, ¿no estaba bien claro que él no era más que una pantalla? Este ridículo final debe de haber sido su trago más amargo pero, siendo quien es, lo pasó con sonrisa de circunstancia y entre aplausos hipócritas a rabiar.

Su última genuflexión le dará el plácet de una embajada o, como se comienza a estilar en este régimen, una asesoría rentada a su sucesor. En todo caso, si lo vemos desde el prisma de las miasmas políticas, podríamos decir que ponerse en cuatro para que le pateen el trasero paga. Doce mil dólares mensuales es lo que vale la indignidad, ¡si no pregúntenle a Mocha García Naranjo!

El nuevo presidente del Consejo de Ministros llega igual que como se fue Jiménez: solo. Porque estar acompañado de un ministro de Educación a un mes de que termine el año escolar es eso: soledad. Ese hecho le quita al señor César Villanueva desde el principio la mitad del crédito de las expectativas que generó positivamente su nombramiento. Mala señal. Pues aquí no se trata de las cualidades personales y profesionales del todavía, con licencia, presidente regional de San Martín. De lo que se trata es de que el premier tenga cualidades políticas que se traduzcan, en su caso, en proponerle al presidente a su equipo ministerial para así poder liderarlo. No a todos, pero sí a los que él considere claves para llevar a buen término su encargo. En otras palabras, tiene que llegar con su gente al gabinete. ¿No la tenía? ¿Nadie lo quiso seguir? ¿Los Heredia-Humala le dijeron no, gracias? ¿Lo vamos a pensar? Entonces, ¿qué clase de líder es?

Dice que Humala lo invitó para ser "un peón más". ¡Oiga, el premier es el alfil del rey, no un vulgar peón!

Y ese es el problema real del señor Villanueva, que ya existe un premier, es decir, que alguien ya ocupa su lugar. El problema real del señor Villanueva está en que quien ocupa su lugar no lo va a dejar. El problema real del señor Villanueva está en que él llegó solo al gabinete porque el cogollo de peones enfajinados está allí para servir de felpudo al verdadero premier. El problema real del señor Villanueva está, finalmente, en si él tiene vocación de Jiménez Mayor.

Por lo pronto hay "primer ministro" hasta diciembre, cuando expire el plazo de su licencia regional. Quién sabe si fue quizás en lo único en que acertó el pobre peón que fue su antecesor.