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No es que todo tiempo pasado fue mejor, pero algunas cosas se extrañan. Son lejanos los años cuando se decía que en cada distrito del país, junto con la iglesia y la comisaría, en épocas de legalidad, siempre se encontraba un local del Apra abierto para eventos y escuelas partidarias. Las células del Partido Comunista en Vitarte, Cusco, Cerro de Pasco, etc., se reunían en locales sindicales y barrios populares.

En los años 60 del siglo pasado, los estudiantes de las universidades discutían los problemas del mundo, de América y de nuestro país; se peleaban por ingresar al Congreso para escuchar y aprender de los interesantes debates de entonces. Los "cuatro gatos" de la Democracia Cristiana hacían de la Doctrina Social de la Iglesia y las últimas encíclicas sus bases fundamentales de identidad política. El social progresismo de Salazar Bondy se abrió un espacio entre la izquierda comunista y el Apra, sin temor a la participación del Estado en la economía. Los grupos de la izquierda marxista en los 70 destacaban sus mejores cuadros a organizar rondas, federaciones campesinas y frentes de defensa; muchos de ellos dejaban los estudios para asumir esta tarea.

A todos los animaba una ilusión compartida, cambiar las bases de una sociedad injusta. La polémica se centraba por el camino a seguir, no por personas o simples candidaturas. Cada militante cotizaba en su comité, donde se planificaban las actividades y se captaban nuevos "postulantes" a militantes. La política era acción cotidiana, pero también pedagogía.

Es verdad que los tiempos han cambiado, y mucho. Ahora no pocos partidos se han transformado en franquicias electorales y "el qué quieres y el qué me das" se ha convertido en el sentido común de la política.