(GEC)
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El solo hecho de que esté en debate la posibilidad de trasladar, almacenar y exportar concentrado de cobre y zinc desde el corazón de la Reserva Nacional de Paracas demuestra la capacidad que hemos desarrollado para someter todo al lucro. En nombre del crecimiento somos capaces de liquidar lugares que ni la inversión más grande podría recrear y que fueron designados justamente para evitar despropósitos como estos.

Apostar por la expansión del puerto San Martín, en Punta Pejerrey, ya era bastante controversial, pues para llegar inevitablemente se tiene que atravesar la reserva nacional, segundo destino turístico más visitado del país. Con 3 mil kilómetros de costa, ¿por qué tendríamos que hacer un puerto con almacén de concentrado de minerales ahí? El único criterio ha sido monetario. En 2014 se concretó el proyecto y en 2016 recibieron el EIA con el que la expansión del puerto comenzó, pero ahora el Terminal Portuario de Paracas -TPP pretende ampliarlo para incluir en el negocio el concentrado de minerales.

Esa ampliación significa que al año transiten al menos 13 mil camiones adicionales por la carretera que corta como un cuchillo la reserva, convirtiendo un lugar de contemplación y valor natural incuantificable en una autopista de tránsito pesado. Eso sin contar el altísimo riesgo de contaminación al momento del almacenamiento y embarque de minerales.

¿Cuál es el límite entre crecimiento económico y protección de los espacios naturales? Para obtener el primer EIA, TPP no habló de almacenar minerales, pero ahora les parece crucial transportar cobre y zinc. No sorprendería que luego incluyan plomo, como lo plantearon en su propuesta técnica inicial. La paradoja del crecimiento es que nunca es suficiente. El puerto ya está encaminado y no hay razón de jalar tanto la pita: la necesaria reactivación económica no puede darse pisoteando nuestro patrimonio.


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