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Los ofendidos profesionales

Introducción a la Ironía I, un curso intensivo para idiotas.

Los ofendidos profesionales

Los ofendidos profesionales. (USI)

Los ofendidos profesionales. (USI)

Beto Ortiz
Beto Ortiz

Esta historia comenzó la tarde del jueves, cuando un iluminado feligrés que responde al nombre de Alex Celi Mariátegui tecleó, en su Twitter, la siguiente, asombrosa sentencia: Los LGBTI (sigla políticamente correcta para decir “gays”) pueden demostrar su amor por sus casas, parques, etc. Tienen 43 distritos + el Callao. ¿Por qué tienen que venir exclusivamente a Miraflores a demostrar su amor? Ayer a las 9 p.m. salí en familia y en cada banca o esquina había demostración de una o más parejas. No contento con haber hecho tamaño alarde de mundo, de brillo y de fina sensibilidad, tuvo la astucia de dirigir el mensaje hacia mí, de modo tal que le añadía algunos ceros –cinco, para ser exactos– a sus nada desdeñables 350 seguidores. Volví a leer a Celi: ¿cuál era el origen de su lamento miraflorino y heterosexual? ¿Qué era lo que, en realidad, le molestaba? ¿Le molestaba que hubiera personas del mismo sexo “demostrando” su afecto en público? ¿O es que, acaso, lo que le molestaba era que estos diabólicos productos de la nefanda ideología de género no fueran, pues, miraflorinos de pura cepa? Y, si esto último era verdad, ¿cómo sabía el ciudadano Celi que estas personas que se prodigaban tan abominables mimos y obscenos cuchi-cuchis NO eran de Miraflores? ¿Cómo lo sabía, eh? ¿Por su color, por su ropa, por su peinado, por su acento, por su olor? ¿De qué distrito le parecían a él y a cuál deberían haber sido derivados por el serenazgo en salvaguarda del ornato? ¿De qué se estaba quejando Celi exactamente? O para decirlo más en cristiano: ¿estaba choleando maricones o estaba mariconeando cholos? Las dos cosas, por supuesto. Las dos cosas, al mismo tiempo. Un verdadero prodigio de la discriminación. Permítanme que funja aquí de intérprete. Lo que Celi trataba de decirnos, entre líneas, era, más o menos, así: “Cuando yo (que vivo en Miraflores) salgo a pasear a las nueve de la noche (por Miraflores) con mi sagrada familia (que vive en Miraflores), NO quiero encontrar en mi camino: 1) Ni maricones. b) Ni cholos. Ni mucho menos, por el amor de Dios: c) Maricones cholos. Porque para eso pago mis impuestos y mis arbitrios municipales, para poder pasearme feliz, cual príncipe encantado por Fantasilandia, con mi –linda y probablemente rubia– esposa y con mis hijos (no te metas)”.

Motivado, casi desafiado por semejante exhibición de inteligencia, decidí responderle administrándole una generosa cucharada de su propia mazamorra, de modo que me esmeré en escribir el tuit más deliberadamente racista –y clasista– del que fui capaz: ¿Estás seguro que eres de Miraflores? Agrandé la foto de tu perfil y, la verdad, no pareces… Deberías mudarte a un barrio que haga juego con tu aspecto. Tienes 43 distritos + El Callao. El disparo lucía arriesgado pero eficaz. La gente con un IQ promedio se reiría del asunto y punto. A otra cuestión, mariposón. Quizás habría dos o tres idiotas por ahí que no la captarían, pero uno tampoco puede estar pues, todo el tiempo, descendiendo al nivel de los dos o tres idiotas para evitar que se esponjen o se escalden cada vez que no entiendan algo, o sea, siempre. Pero la realidad se apresuraría en recordarme, con dolor, que las matemáticas nunca fueron mi fuerte. ¿Dos o tres idiotas? Me quedé recontra corto. Dos mil o tres mil idiotas, más bien. Minuto a minuto, las respuestas del tipo “cholo soy y no me compadezcas” comenzaron a reproducirse, en el Twitter, como esporas. Nadie se escandalizó por la obvia –y aún prestigiosa– homofobia del distinguido reproductor pero muchos se arañaron por el racismo. No por el suyo, que era muy sutil. Tan sutil que, cuando escribió el tuit, ni él mismo se dio cuenta. Todos se desangraron por mi culpa. Por mi frase, por supuesto, que, deliberadamente, estaba enunciada como para brutos. Todo el incidente era, en verdad, tragicómico. Folklórico por donde se le mirara. (Nada más racista que usar la palabra “folklórico” cuando puedes decir “peculiar”). Primero, porque el tal Celi al que presuntamente estaba yo choleando era más bien un colorado gordipepo frente al cual ninguna discoteca de Eisha se hubiera reservado el derecho de admisión (advertencia: es aceptable cholearse entre crudos, véase, si no, el habla cotidiana de los surfers rubios de Punta Roquitas, todos suelen tratarse de “cholos” y hasta se considera cool) y, segundo, porque el íntegro de la discusión se basaba en el supuesto de que Miraflores era, pues, una especie de Beverly Hills blanquísimo y pituquísimo y no este pujante y aspiracional distrito en cuya principal arteria –nuestro humilde Rodeo Drive– puedes comprar tus exclusivísimos politos de “La Quinta”, al peso, más barato que en Gamarra y sin ningún rubor. Hay tamaños, muñeco, hay colores.

Lo más desconcertante de todo este affaire ha sido constatar que, en situaciones como esta, ni siquiera la gente supuestamente leidita de esta ciudad es capaz de desarrollar más de un nivel de lectura. Me sorprendió ver a una amiga, dueña de una librería y de abundante material de calidad para leer, posteando escandalizada en su muro Facebook la deprimente notita que un coleguita de diario chicha había elaborado para denunciar a Beto Ortiz como racista. Faltaba más. Las redes sociales no han hecho sino venir a demostrar lo que ya sabíamos. Que los peruanos en general –y los limeños, en particular– somos una tribu de espíritus delicados y sensibles, de niñitos engreídos con las susceptibilidades a flor de piel; en suma, un sindicato de ofendidos profesionales. Pero todavía hay esperanza. Así como a los gays nos joden con que nos asumamos públicamente (y está muy bien), ya va siendo hora de que los homofóbicos solapas se asuman también y salgan al fresco. Que los pitucos no tengan vergüenza de decir: “Sí, soy pituco, ¿y qué?”. Que se quiten el pasamontaña, los proterrucos. Que se deschaven las feministas y que nos enrostren todos sus derechos, incluso el de no afeitarse los sobacos. Que salgan del clóset los fujimoristas encubiertos. Que se suelten las trenzas los machistas camuflados. Que las lesbianas de la derecha rentista dejen de fingir que no nos hemos dado cuenta de que son recontra lesbianas. Que tanto curita pipiléptico o culisuelto no nos venga con que se opone al “sexo prematrimonial”. Que los nuevos ricos protagonicen una gran marcha de protesta por tanta segregación y que, al terminar, inviten a comer a los nuevos pobres. En fin. Que nos amemos todos como una familia (¿qué peor cosa les podría yo desear?). He visto que el genial comediante Bill Maher tiene, en su programa, una deliciosa secuencia intitulada “Explaining jokes to idiots” (“Explicándole el chiste a los idiotas”). Producción: necesito, a gritos, una similar. No bromeo. Creo que, si quiero continuar sobreviviendo en esta ciudad tan farisea, voy a tener que empezar a hablar con subtítulos, por mi madre.

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