Beto Ortiz
Beto Ortiz

Los audios de la corrupción nos dejaron el estado de ánimo nacional por los suelos, pero hay más motivos que dificultan el orgullo de ser peruano.

Me gustaría decir algo bonito sobre la infinita riqueza de nuestro mar, el hechizo de sus playas, la perfección de sus olas, la frescura indescriptible del cebiche, plato bandera de nuestra espléndida gastronomía, máximo orgullo patrio según la última encuesta nacional, pero me lo impide el abrir un periódico y constatar que un 43% de niños peruanos entre los 6 y los 35 meses de edad padece de anemia y que, en lo que a incidencia de tuberculosis se refiere, estamos empatados –en el primer lugar en toda América– con Haití. Que el 21% de la población sobrevive con menos de 338 soles mensuales, cifra mínima indispensable para cubrir las necesidades básicas, según el INEI. Que más de mil mujeres peruanas abortan diariamente y que, por lo menos dos de ellas, muere a causa de las complicaciones. Que un millón y medio de jóvenes no estudia ni trabaja. Un millón y medio de peruanos que no tienen ninguna oportunidad de hacer con su vida absolutamente nada.

Me gustaría decir algo que contribuyera a incrementar el turismo y a mejorar todavía más nuestra ya prestigiosa imagen en el extranjero. Me gustaría decir algo conmovedor de nuestros andes milenarios, (¡qué importante subrayar siempre lo milenarios que son!).

Me gustaría recordar la asombrosa grandeza de nuestras culturas precolombinas, ensalzar el legado glorioso de nuestros ancestros guerreros, constructores, artistas, tejedores, orfebres, escultores, alfareros…

Me gustaría evocar a los gigantes, como Andrés Avelino Cáceres, el Brujo de los Andes, que, al mando de un diezmado ejército de campesinos y montoneros, logró, a punta de inteligencia y de coraje, la hazaña de derrotar a un invasor más numeroso y mejor armado.

Me gustaría ofrendar un pago a los apus en señal de gratitud por el milagro de la quinua, el aguaymanto, la lúcuma, la alcachofa, el arándano, la granada y el sauco, pero sucede que en esa tierra, en esa misma tierra tan bendecida por el cielo, todos los inviernos mueren congelados puntualmente los ancianos y los bebés. Y todos los inviernos se organizan para ellos colectas limeñas de frazadas y ropones que todos los años llegan tarde.

Pero sucede que, de las entrañas de esa misma tierra, así como brota el oro de los incas que desde siempre despertó la codicia ajena, también se dispara el plomo para esparcirse por el aire y envenenar a los niños de La Oroya y de Cerro de Pasco que, sin posible auxilio ni esperanza, morirán inexorablemente de leucemia y otros cánceres, sin que a nadie le incomode demasiado.

Me gustaría decir algo potente de nuestra selva que adoro, de sus amaneceres rosados y sus crepúsculos violeta, de las aguas tornasoladas del majestuoso Amazonas, del gallito de las rocas, del manatí y del tucunaré, del cotomono, de la mantona y del pelejo, pero en esas mismas selvas hoy ennegrecidas por los derrames petroleros, ultrajadas por los narcoterroristas, arrasadas por las mafias de madereros y descuartizadas sin misericordia por los mineros ilegales, florece la esclavitud, el puterío forzado y la trata de personas. Florece como una Victoria Regia gigantesca, carnívora y monstruosa, como una flor del mal que todo lo corrompe y todo lo devora.

¿Alguien recuerda, por ejemplo, que, en el corazón de esa jungla preciosa y violenta, los pioneritos asháninkas continúan, desde hace décadas, secuestrados por Sendero, ya sin esperanza de ser rescatados? ¿A alguien le importa? ¿A alguien le importan los jóvenes policías y soldados que, todos los meses, mueren acribillados o volados en pedazos en el Vraem? Absolutamente a nadie. Porque no lo sabemos. Porque no lo queremos saber. Porque estamos demasiado ocupados incrementando nuestro crecimiento económico. Demasiado ocupados siguiendo el hilo de la trama de la tragedia de los audios, sopesando las consecuencias de haber asistido a las sórdidas negociaciones del otrora ídolo, el Nene Cubillas, intercediendo por su amigo, el sucio alcalde Burgos, ante su otro amigo, el sucio juez Hinostroza.

Demasiado ocupados, en suma, maldiciendo una y mil veces a los malditos corruptos reconchas-de-sus-madres que se siguen levantando en peso al país. Demasiado ocupados despreciándonos, escupiéndonos, poniéndonos cabe, sacándonos los ojos los unos a los otros por ninguna razón en particular. Porque es nuestra idiosincrasia. Porque así somos. Porque esa es nuestra forma de ser. ¿Saben qué? Quisiera poder pintarme las líneas blanquirrojas y ponerme a cantar “Contigo, Perú” con la multitud hasta el borde del llanto como si esto fuera Saransk, pero no es. Y si en estas fiestas existen, acaso, ciertas ganas de llorar, deben tener muy poco que ver con el orgullo patrio.

Hoy me gustaría decir algo bonito del Perú, pero no puedo.