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Estimado Martín

Estimado Martín

Estimado Martín. (USI)

Estimado Martín. (USI)

Beto Ortiz
Beto Ortiz

Acabo de pagarle una montaña de plata a la Sunat y tengo rabia. No puedo evitar la desagradable sensación de haber sido estafado. Estaría contento si supiera que todo ese dinero que me han mochado de mis haberes lo van a utilizar para hacer escuelas, pistas o postas médicas, pero lo más probable es que no sea así. Lo más probable es que algún congresista o alcalde o funcionario sinvergüenza acabe timbeándose mis impuestos en la mesa de un chifa al paso y que estos vayan a parar a sus bolsillos, sin mover un dedo, porque es su cinco por ciento, porque es plata fresquecita, porque así es la nuez. Me queda claro que tengo que aportar más que la mayoría. Me parece muy bien. Es lo justo. Soy un peruano privilegiado porque tengo trabajo y tengo casa, porque mi casa tiene luz, agua y desagüe. Y también teléfono, cable e Internet. Y comida en el refrigerador y agua caliente en la terma y un carro en el garaje. Soy un peruano privilegiado porque estudié en colegio particular y en universidad privada, porque gano más de lo que necesito, porque todas mis necesidades están cubiertas con creces, porque no necesito nada. Soy un peruano privilegiado al que, sin embargo, le gustaría que se terminaran los privilegios en este país tan hermoso y tan horriblemente desigual. ¿Por dónde empezamos a cambiarlo, Martín? Me pongo, por un instante, en tus zapatos e imagino que el desafío que tienes frente a ti ha de ser aterrador. Y es por eso, justamente, que estoy hablando en la primera persona del plural, porque este desastre vergonzoso, espeluznante no lo puede arreglar una sola persona, porque tiene que haber una forma de acabar con tanta codicia, tanta rapiña y tanta impiedad. Porque para ser corrupto en un país en el que la gente se está muriendo de hambre es necesario carecer de corazón, es necesario ser demasiado hijo de puta. Porque no se le puede pedir que haga grande a este país a gente que no lo ama ni un poquito y yo quiero creer –nosotros queremos creer– que tú sí lo amas. Es por eso que te pregunto y me pregunto: ¿por dónde empezamos?

¿Qué tal si empezamos hablando, por ejemplo, de educación? ¿Qué tal si la usamos para evitar la delincuencia desde sus orígenes en lugar de declararle la guerra cuando ya sentó sus reales y tomó por asalto las ciudades? En Trujillo, Alexander Pérez Gutiérrez comenzó a matar gente a balazos a los trece años. ¿Por qué este niño blancón apodado “Gringasho” querría dedicarse a asesinar desconocidos por encargo? ¿Porque era un criminal nato, un monstruo despiadado con sed de sangre? No. Lo hizo porque era lo que había más a la mano, porque era lo que veía hacer a sus tíos –“Los Malditos de Río Seco”– desde chico. Lo hizo de pura abulia, de puro aburrimiento, porque de algo tenía que vivir, pe’. Nadie le dijo que existían otras alternativas. Conseguir una pistola se le hizo más sencillo, más prestigioso, más rentable que conseguir libros, objetos extraños de cuya existencia nadie le habló. Fue así como el menudo y escurridizo “Gringasho”, el niño que milagrosamente no murió al nacer, ni de varicela por falta de vacunas, ni de intoxicación por plomo, ni de TBC, ni de deshidratación, ni de meningitis, ni de desnutrición, ni asesinado a golpes por su padre llegó a su cumpleaños número trece sin colegio, sin futuro, sin esperanza, pero con una pistola calibre nueve milímetros Parabellum entre las manos. A partir de entonces, el país (ese Estado que existía de espaldas a miles de chicos como él) se enteró –primera noticia– de su existencia. Alexander había logrado, por fin, captar su atención: “¡Oh, es un niño pobre!” –dijo el Estado– “¡pero es un niño muy malo y debemos castigarlo!”. A partir de entonces, cuando ya había asesinado a diez personas a balazos por dinero, el “menor infractor” mereció recién un enorme, desmesurado interés del Estado que, de repente, tuvo que ponerse a invertir un montón de recursos materiales y humanos para tratar de reparar tardíamente su propio olvido irreparable. Fue así que Alexander, de repente, lo tuvo todo en la vida: maestros, tutores, psicólogos, cuidadores, consejeros espirituales, entrenadores, asistentes sociales, alojamiento, alimentación, colegio, atención médica, talleres laborales, actividades deportivas, teatro, poesía, música, danzas y canciones del Perú. Nunca un sicario concitó tanta dedicación y tantos cuidados. ¿Y ya para qué, ah? Demasiado tarde, querido Estado. Nada de eso logró que Alexander dejara de ser “Gringasho” que, por supuesto, se fugó todas las veces que quiso de Maranguita y de La Floresta y de cuanto centro de readaptación social intentó, en vano, convertirlo en niño bueno. Y cada vez que había una nueva fuga, los vecinos de los alrededores, encabezados por su alcalde, salían a las calles, con carteles, a exigir que sacaran de allí esa infecta correccional, que expulsaran a toda esa escoria de su apacible distrito. Cuando Alexander fue creciendo, el Estado volvió a preocuparse por él. Era una influencia peligrosa para los otros chicos, una manzana podrida que terminaría pudriendo a las demás así que había que aislarlo, de modo que lo trasladaron a un penal ordinario donde el Estado ordenó habilitar un ala especial para aquellos menores cuya peligrosidad los hiciera equiparables a criminales adultos.

En diciembre del año pasado, “Gringasho” cumplió su condena y salió en libertad y una nube de periodistas acudió a cubrir tamaña noticia. Las autoridades penitenciarias no permitieron el ingreso de las cámaras, qué tanta alharaca, ni que fuera Maritza Garrido Lecca. A lo lejos, alcanzamos a distinguir cómo el gatillo más precoz del país se subía al auto que lo esperaba, hablando por celular con el rostro cubierto y, unas cuadras más allá, se subía a una moto como se suben a las motos los sicarios, bien sujetado de los hombros del tipo que la va conduciendo. Se supo que una ONG ecologista le había ofrecido un empleo y el director de centros juveniles aconsejó que aprovechara esta magnífica oportunidad de darle un nuevo rumbo a su vida. Pero Alexander Pérez Gutiérrez partió a toda velocidad, con rumbo desconocido y nunca más volvimos a saber nada de él. Así, otro niño del Perú quedaba otra vez completamente fuera del alcance de los protectores brazos del Estado para convertirse en un nuevo y resonante fracaso del sistema. La moraleja de esta triste historia es simple. La inseguridad ciudadana no se va a terminar si combatimos balas con balas. También es posible luchar contra el mal con un arsenal de libros, por muy idealista e iluso que suene. “Educa al niño y no tendrás que castigar al hombre” –es el lema que uno siempre lee pintado en los muros de las cárceles. Pero en las campañas electorales nadie nos ofrece más bibliotecas, más teatros ni más museos. Todos nos ofrecen más cárceles. Cárceles más inexpugnables, cárceles a cuatro mil metros de altura, cadena perpetua sin beneficios, penas acumulativas, castración química, pena de muerte. No necesitamos más cárceles, presidente. Necesitamos menos. Lo que necesitamos es ponernos un ratito en el lugar del otro y hacer algo por él alguna vez. Lo que necesitamos es preguntar: ¿por dónde empezamos?

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