Dime lo que quiero oír

34 años han pasado desde el verano en que te enamoraste de ella. Ahora, a diez mil kilómetros de casa, van a encontrarse por última vez.

Dime lo que quiero oír

Dime lo que quiero oír

Dime lo que quiero oír

Beto Ortiz
Beto Ortiz

¿A partir de qué hora estás libre para mí mañana?
- Para ti estoy libre desde que tenía 16 años, mami.
- Zalamero, ¿no te parece aburridísima Bruselas? ¿No quieres conocer Gent St Pieter que tiene mucha más onda? Para mí lo importante es verte, así que será lo que a ti te apetezca.
- Encontrémonos donde tú digas. Solo dime qué tren tomo y dónde me bajo.
- Ve a la Estación Central que está a dos cuadras de tu hotel. Toma el tren de las 13:12 con dirección a Brugge. Yo me subiré en la estación de Aalst a las 13:48 y te buscaré como una loca, por todos los vagones, hasta encontrarte.
- Debí ponerme abrigo largo y sombrero. Como en el film “Extraños en un tren”. Qué ilusión. Cuánto misterio.

Querida Betty: He vuelto a leer todo nuestro chat desde el inicio, como si fuera un libro, observando cómo evolucionan los personajes. Cómo se ponen ansiosos o displicentes, románticos o sexies, divertidos o melodramáticos. Hablo en tercera persona de nosotros porque en los vibrantes diálogos que leo no me reconozco ni te reconozco. Dime la verdad, ¿estás segura de que éramos nosotros?

- Oye, ya pasamos la estación de Aalst hace buen rato y nadie aborda mi vagón. ¿No te habrás subido al tren equivocado?
- Me subí al tren equivocado en el maldito instante en que te dejé ir.
- A la mierda.
- ¿No es romántico?
- Ni un poquito. Es lo más cursi que leí en mi vida. ¿Dónde estás?
- En el tren de las 14:25. Tuve que recoger a mi hijito del colegio y se me hizo tarde. Mil disculpas. ¿Me esperas?
- Te esperaría toda la vida, Beatrice.
- Yo seré cursi, pero tú eres el rey de los huachafos.

Llegará un momento en que la trama se pondrá más trepidante: no se puede trabajar con los ojos anegados y el corazón hecho trizas, me fui a la cama temprano y me vi completa la trilogía de Matrix. A mi marido no le gustaron las camisetas que le escogiste, las donaré al ejército de salvación. Y el niño me dice que parezco la bruja de Harry Potter con las gafas de sol tan glamorosas que me regalaste. Esa noche fue demasiado corta, pero siempre habrá tiempo para resarcirnos. Regresaré a Lima, tarde o temprano. Venga, dime lo que quiero oír.

- En Antwerp llueve como nunca y hay unos ventarrones de 80 kilómetros por hora que te voltean el paraguas. Prepárate para la madre de todas las tormentas.
- Por mí ni te preocupes. Vivo hace veinte años aquí y sé perfectamente cómo protegerme de los elementos, además si no salimos a ninguna parte, tanto mejor.
- ¿Cuántos días te vas a quedar conmigo?
- Dos días y una noche.
- Tengo que cambiarme a un hotel más lindo del que tengo. Mi casa es tu casa.
- No hace falta que te pongas en plan de movie star, que con eso no me vas a impresionar.
- Con lo gordo y calvo que estoy, en cambio, sí te voy a impresionar.
- Cállate la boca. Tú no cambias nunca, ¿no?
- Que cambien los drogadictos, ¿yo por qué?
- ¿Sabes qué he pensado? Que tú y yo deberíamos hacer, por fin, lo que nunca te atreviste a proponerme.
- Por supuesto que lo haremos.
- Me refería a casarnos.
- Acepto. Ahora, ¿puedo chaparme a la novia?
- ¿Te parece buena idea?
- Casémonos que nunca lo he hecho.
- Ni yo. Hagámoslo ya. Antes de que vuelvas a Lima y te arrepientas.
- ¿Cómo podría arrepentirme? Es mi máximo sueño. Casarme contigo y que me des la nacionalidad.
- Estúpido, eres el peor novio del mundo.
- Verdad, ¿no? Soy un novio. Qué paja.

Aquí no es lo mismo que allá contigo. Perdona que no te haya escrito todos estos días. Estaba muy ocupada barriendo, lavando ropa y fregando ollas. Pienso mucho en esa única noche, en esos últimos besos, en el poema de Eielson que recitamos a coro, de memoria, como si fuese un conjuro. ¿Se puede ser más patética? Ni siquiera me pude sentir linda que eso fue lo que me dijiste. Estoy segura de que ni siquiera lo recuerdas. O quizás no lo dijiste y soy yo que me lo he imaginado. Guardaré los lentes por si algún día sale el sol en este lugar tan gris. Serán como el testimonio de lo relativo que es siempre todo. Qué días maravillosos hemos pasado. Well, hello, no? Dime lo que quiero oír.

Esposa mía: Los días espléndidos que hemos vivido juntos no existieron. Somos nosotros que lo hemos imaginado. O soñado. Fueron un sueño esplendoroso del que ya nos despertamos. Y no precisamente en “The bridges of Madison County”. Porque ni tú eres Meryl ni yo soy Clint. Nos despertamos y estábamos aquí, en medio de nuestras cincuentonas vidas. Tú en tu vida, yo, en la mía. Es lo que hay. Las vidas más o menos soñaditas que escogimos, dejando de lado todas las demás posibilidades de guion, convirtiéndolas en plan de contingencia. Convirtiéndolas en el plan B que habrá de aplicarse única y exclusivamente si el plan principal fracasa. Yo vendría a ser tu plan B y tú vendrías a ser el mío. Desde 1985, cuando éramos tan vírgenes y heterosexuales. Así han sido nuestras historias y si después de todo el agua que pasó bajo los puentes (de Madison) resulta que ahora no nos gustan, no hay que llorar porque así las hemos escrito. No hay borrón y cuenta nueva. No hay lugar a pataleo. El buen amante jamás se enamora. Estamos en 2019, ¿sabes? Han pasado apenas treinta y cuatro años. Treinta y cuatro. Solo se vive una vez. One, two, three, caramba.

- Estúpido. ¿No hubiéramos podido pensar en algún tipo de relación a la distancia pero juntos? ¿No se supone que nunca es tarde? ¿No se puede escoger otra vida? No me escribas más, por favor. Cambio y fuera.

La frase “El buen amante jamás se enamora” pretendía, obviamente, ser una ironía porque las evidencias nos demuestran que –además del peor novio del mundo– tampoco soy buen amante. Se hace lo que se puede. Tengamos en cuenta que no es mi rubro hace un montón de rato. Bueno, las evidencias también nos demuestran que alguna vez me enamoré de ti y que tú me diste calabazas, pero supongo ese ya no soy yo y que esa ya no eres tú. Que esa ya es otra historia. Tu “cambio y fuera” estuvo un poquito tremebundo, la verdad. Pero nadie nos quita lo bailado, Beatrice.

A la mierda, lo bailado. En fin, ya se me pasará. Todas las penas pasan. Tú mismo me lo dijiste en ese café horrible donde tomamos cervezas tibias sin espuma. Nadie se ha muerto nunca por nadie. Cambio y fuera.

Tags Relacionados:

Beto Ortiz

Ir a portada