Caretas no paga

Dejando envejecer deudas laborales y cambiándose de razón social, la revista de Marco Zileri continúa metiendo cabeza.

Caretas no paga

Caretas no paga

Clelia Gutiérrez trabajó 36 años en Caretas y murió impaga. (USI)

Beto Ortiz
Beto Ortiz

Cada vez que yo denuncio, en pantalla, las innumerables tropelías de su hermanito Marco, la regia Drusila Zileri enarbola su apellido cual bandera de guerra: ensaya una pataleta soberana, abandona el set de ATV Noticias con un puchero y hace el amago de renunciar con su encantadora mortificación de China Tudela indignada. Pero cuando el semanario de su family pone mi foto en portada y me llama “asesino” (como seguramente lo hará esta semana –y las siguientes– porque así operan estas modalidades del sicariato), yo no dejo colgada la conducción de mi programa ni hago berrinche ni voy corriendo a acusarlos con el gerente de mi canal. Ninguna fórmula más limeñita para resolver un problema que la clásica llamadita airada (de tú a vos, entre iguales) al gerente del medio o al dueño. Pero una cosa no tiene absolutamente nada qué ver con la otra, estimados coleguitas. A ver si nos vamos entendiendo. La semana antepasada, sin ir más lejos, un casposo columnista de este diario –que podría enmantequillar varias tostadas frotándoselas en el pelo– se desvivió tirándome pollos verdes desde su esquina, acaso ilusionado con que le den color. Cuando escribí a la redacción a preguntar qué onda, se me dijo que el periódico no comparte necesariamente nuestras libérrimas opiniones y que estas son de exclusiva responsabilidad de sus autores, noticia esta que me llenó de regocijo pues significa que tamaña libertad de expresión me permite incluso mentarle la madre a quien sea, incluso a los propios periodistas de Perú21, cada vez que sea necesario. ¿No es maravilloso?

Marco Zileri

Director y dueño Marco Zileri, con la camiseta de Jorge Barata de Odebrecht. (USI)

Director y dueño Marco Zileri, con la camiseta de Jorge Barata de Odebrecht. (USI)

Pero volvamos a hablar del tema que nos ocupa, es decir, de la fabulosa impunidad de quienes manejan Caretas, es decir, de la beautiful people perromuertera, del supremo ejercicio de la yuca, la mamarrata y el cabeceo de cierta gentita de Casuarinas y aledaños, eternos beneficiarios de la justicia VIP deste Virreinato del Perú. La señora que aparece en la foto es Clelia Gutiérrez Vargas, quien murió de un infarto a los 77 años en junio de 2017 poco después de que una resolución del Décimo Quinto Juzgado de Trabajo ordenara a Caretas pagarle los beneficios sociales que le correspondían tras haber sido despedida en 2010, luego de 36 años de honestos servicios como digitadora y archivadora. ¿El motivo? La gravísima deslealtad de haberle contado a una misión del Ministerio de Trabajo cuántas horas extras debía trabajar en cada amanecida de cierre de edición de Caretas, donde una antigua tradición mandaba que, cada vez que llegaba un inspector, los que no estaban en planilla debían salir de las oficinas y esperar en las bancas de la Plaza de Armas hasta que terminara la diligencia. La señora Gutiérrez murió, por supuesto, impaga. Caretas se salió con la suya.

¿Y cómo lo hace? Con un astuto mix entre la clásica estrategia del envejecimiento de las deudas, creada por Genaro Delgado Parker, y la recordada modalidad del carrusel de CLAE de Carlos Manrique Carreño. Veamos: Caretas es el nombre de la revista, pero cuando ya le deben el pago a demasiados trabajadores, periodistas y proveedores… ¡se cambian de razón social! Y listo, ya está. Lo sentimos, la empresa para la que trabajabas ya no existe. A llorar a otra parte. Primero se llamaron Caretas S.A., luego Empresa Editora Caretas S.A., después Empresa Editora Multimedia SAC y actualmente Novolexis SAC, todas ellas teniendo como accionistas solo a los miembros de la distinguida familia Zileri. Este cambio de máscaras, esta constante mutación de una persona jurídica a otra ha servido a los Zileri para prolongar los juicios por los siglos de los siglos esperando hasta que los demandantes se cansen y desistan o, literalmente, se mueran, como ya está ocurriendo.

Vilma Sánchez, trabajadora de preprensa, tiene 57 años y batalla contra un voraz cáncer que la obliga a someterse a devastadoras sesiones de quimioterapia. Vilma fue despedida en la misma fecha y por las mismas razones que la difunta Clelia Gutiérrez. Otra tradición de la dinastía Zileri consiste en despedir a los trabajadores sin pagarles beneficios laborales. Y aunque la demanda de Vilma está dentro de la Ley Procesal del Trabajo que implementa la reducción del tiempo de los juicios laborales, Vilma Sánchez está, desde julio de 2017, con una ejecución de sentencia favorable que ordenaba un plazo máximo de cinco días para pagar, pero ya han pasado siete meses y Caretas no paga. Marquito se caga de la risa y no paga. Un analista político, que fue columnista allí por muchos años, me contó que, cuando ya estaba a punto de demandar a la revista por sueldos impagos, recibió la llamada del abogado Alberto Borea, quien lo citó en su casa y lo instó a llegar a un arreglo. Lo mismo ocurrió con algunos otros periodistas –cuyo presunto abolengo los hacía merecedores a un trato preferencial– a los que se desagravió con automóviles de canje y que hoy guardan ominoso silencio frente a los indignantes atropellos que sufren sus ex compañeros de batalla. ¿Y cómo hará para escribir allí el prócer defensor de los débiles y estandarte vivo de la decencia, Gustavo Gorriti? ¿Ser cómplice de todo este chanchullo no le generará ningún conflicto de conciencia?

Ruth Lozada es una periodista que trabajó 25 de sus 65 años en Caretas. En 2006 renunció y en 2009 entabló demanda judicial por el pago de sus beneficios sociales. Para alargar el juicio –que solo en primera instancia ha demorado nueve años– llegaron al colmo de negar su relación laboral con Ruth, una de las redactoras históricas de la revista. En 2017, ella obtuvo sentencia favorable en primera instancia, pero Caretas apeló. En noviembre de 2017, la Segunda Sala Laboral recibió el expediente y señaló como fecha para la vista de la causa… ¡noviembre de 2018! No, no es un error. La fecha de la audiencia ha sido fijada para un año después. ¡Un año! Volvemos a preguntarnos: ¿y cómo lo hacen? Otro caso: Mario Molina, genial dibujante e ilustrador, trabajó 30 años en Caretas y ganó en 2012 el juicio laboral contra Empresa Editora Multimedia SAC que lo retiró unilateralmente de la planilla y lo transfirió a la empresa Novolexis SAC de los mismos Zileri, pero hasta el momento no puede cobrar sus beneficios sociales porque los Zileri dejaron a Empresa Editora Multimedia SAC sin nada. Los activos fueron transferidos a Novolexis, así que ahora tendría que empezar de nuevo y enjuiciar a esta otra empresa. Cuenta Molina que, ante los reclamos, Enrique Zileri siempre decía a sus trabajadores que ponía el edificio de la Plaza de Armas como respaldo de cualquier deuda, pero que esto era mentira pues Marco Zileri hipotecó la mansión de Casuarinas de su padre y así se hicieron del histórico edificio. Luego papá Enrique haría una declaración de legítimo propietario y el edificio pasaría a propiedad de la sociedad conyugal de Enrique y Daphne Dougall. ¿Quiénes serían el gran abogado y el gran notario que estuvieron detrás de semejante hazaña?, ¿verdad? Que Marco Zileri dicte una Charla TED enseñándonos a todos cómo lo hace. Qué maestro. Que dicte un seminario taller, que yo me quiero matricular.

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