Los ausentes
Los ausentes

Soy
como los cactus
que cultivo
alto
seco
espinoso
frío
e hiriente
pero
maldición
no puedo
evitar
de vez en cuando
darte
desde mi centro
una flor amarilla
.

Óscar Limache
Autorretrato con púas

Habiendo descubierto que, a diario, entrevistamos deudos debutantes, viudos novatos, huérfanos nuevos, los periodistas de televisión hemos decidido aprender, de una buena vez, a respetar el duelo ajeno y nos hemos acostumbrado a empezar nuestras entrevistas con un mínimo pésame. Así lo constato viéndome hablar, día tras día, con personas que acaban de perder, casi siempre de manera violenta, a sus seres queridos. Entro a la web del canal para revisar el último programa y me veo repitiendo la misma fórmula de todos los días, como un autómata: “Estamos enlazados vía microondas con Aurelio Quispe Ríos, hermano del suboficial de tercera de la FAP Elmer Quispe, que murió abaleado la tarde de ayer en un enfrentamiento contra terroristas en la localidad de Virgen de Ccasa, en la provincia de Huanta en Ayacucho… Vamos con el enlace en vivo, adelante, por favor”. Sosteniéndose el audífono, Aurelio me saluda con la voz quebrada, agradece que hayamos mostrado por su hermano asesinado el interés que ninguna autoridad les muestra. Me veo a mí mismo balbucear tratando en vano de encontrar alguna palabra de empatía, ya que no de esperanza o de consuelo: “Ante todo, déjanos darte nuestras condolencias, rendirle homenaje a tu hermano, un joven peruano valeroso que ha puesto el pecho por todos nosotros y por nuestras familias…”. Y continúo con mi letanía, locutando palabras ya vacías de sentido, a fuerza de tanto repetirse, mañana, tarde y noche por años y años. Aurelio dice que es muy extraño que, de una patrulla de quince, Elmer sea la única víctima, se queja de que nadie le da razón, le pide al presidente Vizcarra que haga algo, que alguien lo ayude a llegar hasta el lugar del atentado. Por último, se dirige a mí y me pide que envíe un reportero para que, por lo menos, alguien constate que el cuerpo de su hermano pequeño sigue allí. Intento decir algo que le sea de ayuda, comprometerme en público a algo concreto, pero el tiempo en televisión es tirano. Aurelio mira a la cámara con infinito desconsuelo. La canción de Yma Súmac me conmina ya a cerrar la transmisión. Entra la cuña de salida de Digestase que acaba con los gases.

***
Murió la señora Charito, la mamá de Ciro Castillo, la mujer que todos los peruanos vimos llorando la desaparición primero y luego, la muerte de su hijo en todos los canales de televisión. “Cuando me acuesto a dormir y me tapo con la colcha, pienso en cómo estará mi hijo en esas montañas, muriéndose de frío...” –me dijo la primera vez que la entrevisté, cuando aún mantenía la esperanza de que lo encontraran con vida. Pocas personas he visto con el dolor tatuado así en el rostro. Pocos entrevistados me han conmovido tanto. No hacía falta preguntárselo para saber que la señora Charito se pasaba la vida sentada en aquel rincón. La huella de su cuerpo había quedado repujada como un bajorrelieve en el sillón, en esa esquina de la sala de la que ella no quería moverse porque ahí estaba el altar de velas y flores que ella había levantado para Ciro, el crío perdido, el infante difunto. La vida se había detenido para siempre en esa casa de La Punta. El silencio era una burbuja aciaga que solo lograban romper los pasitos nerviosos, casi imperceptibles de un perrito Yorkie sobre el parquet. Algún amigo de la familia se lo había regalado para conjurar en algo esa soledad brutal que calaba los huesos. Viéndola allí sentada, mirando pasar las noches y los días, pienso que quizá ella se haya ido convirtiendo en una máquina de extrañar, en la máquina de pensar en Ciro. Mientras la contemplo, no puedo evitar acordarme de mí mismo poniendo en la mesa de noche, en la billetera, en todas las habitaciones de la casa, fotos de mi madre, para acompañarme. Charito voltea el retrato y vuelve a mirar la sonrisa limpia de su hijo Ciro con una ternura infinita. Esa mirada de madre que quiebra al hombre en niños indefensos. Perder a tu madre es perder tu origen, tu centro, tu raíz, tu principio, tu luz, el sol que evita que pierdas tu órbita. Pero perder a tu hijo ha de ser comenzar a desaparecer, comenzar a desintegrarte empezando por lo único realmente tuyo que tenías. No en vano ni el propio Dios pudo tolerar tamaño dolor y lanzó su desesperación de bestia herida sobre la tierra.

***
Recibo la llamada de Marco Falla.

Me dice que lleva varios días tratando de comunicarse conmigo porque por fin –tantos años después de la tragedia– se ha hecho justicia.

Hace tantos años que Marco, un humilde taxista de Magdalena, está peleando por la memoria de su hijo Gerson, quien fue torturado brutalmente por policías de la comisaría de San Borja, que, para variar, lo confundieron con un delincuente. Días después, el muchacho moriría a consecuencia de las graves lesiones, dejando huérfano a su hijo de 5 años. Uno de sus asesinos, el suboficial PNP Alfredo Huamán Álvarez, tuvo la sangre fría de grabar en video todo el horror de la sádica sesión sin darse cuenta de que estaba dejando con ello una irrefutable evidencia del crimen. Pero, pese a ello, hubo falsos médicos legistas que fabricaron certificados en los que Gerson moría por sobredosis de cocaína. Hubo fiscales que se hicieron de la vista gorda. Hubo jueces que dejaron en libertad a varios de los matarifes de uniforme. Hubo diarios y canales de TV que se prestaron y contribuyeron con toda esta farsa macabra.

Pero Marco jamás se rindió.

Después de una larga batalla, el suboficial PNP Huamán Álvarez, el camarógrafo asesino, ha sido sentenciado a 10 años de prisión por el delito de tortura seguida de muerte. Por primera vez, Marco siente un alivio en medio del rutinario dolor del hijo asesinado. Siente que su guerra silenciosa ha valido la pena. Todavía están libres otros doce policías implicados, pero hoy me ha llamado, entusiasmado, para darme la noticia que, hace días, leí con satisfacción, y hasta su voz al teléfono suena distinta.

Me repite una y otra vez: gracias, amigo Beto, gracias, amigo Beto, y yo le respondo que no hay nada que agradecer, que lo único que pudimos hacer para ayudarlo a que la verdad se impusiera fue invitarlo al programa y entrevistarlo. Y entrevistarlo. Y entrevistarlo. Año tras año. Todas las veces que fuera necesario.

- Tantos años peleando, Marco –le digo–. ¡Tantos años y por fin...!
- Los años no importan, amigo Beto –me dice.

Y me da ganas de abrazar por el teléfono a este taxista solitario, tenaz, indestructible.

Los años no importan, amigo Marco.

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