El Martín Vizcarra en una sesión del Consejo de Ministros. (Foto: Presidencia)
El Martín Vizcarra en una sesión del Consejo de Ministros. (Foto: Presidencia)

Ante el cataclismo del COVID-19, nuestro país se ha visto obligado a confrontarlo con las debilidades estructurales de un Estado ajeno a las necesidades de la salud y educación. Además, con muy poca participación activa de la población y limitada solidaridad hacia los “sectores vulnerables” producto de la creciente desigualdad.

Hemos apreciado al presidente Vizcarra asumir sus responsabilidades en la lucha contra la pandemia, con prontitud y audacia. Sin embargo, ahora se requiere un planeamiento contra la pandemia conforme se van resolviendo los problemas económicos ocasionados por ella.

La mayoría de la población aceptó mantener una inesperada y prolongada cuarentena. Fue un apoyo a las decisiones del gobierno, que supo usar periódicamente los medios en el afán de instruir y convencer a la población. Esto explicaría la alta aprobación conseguida por Vizcarra y su gabinete, y también la timidez y vacilación de sus críticos.

La vida en común, por lo general, ha favorecido a la vida familiar. Junto con la movilización estatal, no solo se ha fortalecido el sentido de solidaridad con las víctimas, sino también un avance en la cohesión social y el sentido de nación. Esto último es un factor indispensable para la construcción de una democracia ciudadana.

Ayer las sospechas se confirmaron. Se prolonga el encierro hasta el 24 de mayo, salvo para quienes se van integrando a la reactivación de la economía. Los niños y jóvenes hasta los 14 años podrán, acompañados, salir media hora a la calle y serán 150 mil efectivos de la PNP y FF.AA. los que garanticen el control de los protocolos acordados para mercados, bancos y transporte.