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Carlos Meléndez,Persiana americanaDurante su gestión, sin embargo, Susana Villarán ha hecho los deméritos suficientes para formar parte de aquella política vilipendiada. Las ineficiencias para administrar la capital han decepcionado no sólo a sus seguidores. El incumplimiento de sus promesas (cronogramas de obras y decisiones políticas asumidas públicamente como el no ofrecer cargos ediles a regidores revocados) ha devaluado su palabra.

El agravante es que la decepción proviene de alguien que puso la honestidad como emblema para renovar la política.

Así, Villarán le hace un daño irreparable a la confianza ciudadana porque ha terminado estigmatizando aún más el valor de la palabra de un político. Paradójicamente, ahora su verbo vale como el de un ex alcalde que se dice ajeno de corrupción o de un ex presidente que se declara inocente de crímenes. En términos de la veracidad de su discurso, Susana Villarán terminó pareciéndose más a quienes despreciaba.

Gracias a fiascos como la gestión Villarán, se justifica más fácilmente en la opinión pública alternativas de menor calidad programática y de mayor potencialidad de delitos. Esperemos que en el horizonte electoral próximo surjan proyectos que demuestren que no es tan tarde para recuperar la credibilidad política.