Roberto Lerner
Roberto Lerner

Nos quejamos de que los chicos no leen, lamento resignado sobre el poco valor que parecen dar a la expresión verbal de sus sentimientos, deseos, ideas y posiciones. El lenguaje hablado es un objeto descuidado y extraño; un ritual tribal obsceno; una suerte de tam-tam que nos sirve para mantenernos alejados de un mundo al cual no tenemos acceso. Peor con la expresión escrita. En la universidad, la cosa también se hace notar. Cada promoción escribe menos bien, distingue menos entre lenguaje impreso y oral, usa los giros propios del coloquio entre amigos en exámenes y trabajos.

Somos rápidos en repartir culpas hacia afuera, pero no nos fijamos en lo que hacemos. ¿Le damos importancia a la palabra como instrumento de comunicación y cuidado de las relaciones entre las personas? La palabra ha quedado como moneda sin valor.

Entre las decepciones causadas por floridos discursos políticos que terminaron en catástrofe, el reemplazo del verbo por la violencia física y la facilidad con que se rompen promesas y contratos, la palabra ha perdido mucho.

En época de idas y venidas presurosas, es indispensable hallar tiempo para hablar. Antes de dormir se puede tener una charla sobre lo ocurrido en el día, lo que se ha visto en la tele o los eventos nacionales.

La mesa es otro espacio de conversación que debe ir más allá de “pásame la sal”. Las familias en las que se aprovecha la hora de comer para promover la discusión, aclarar sentimientos, absolver preguntas y responder críticas, tienen por lo general chicos con mejor desempeño en el colegio, relaciones más gratificantes, leen más y muestran niveles de conflicto más manejables.

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