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Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantesrvasquez@peru21.com

Hace tiempo que asumí que dejé de comprender muchas cosas de la época que me ha tocado en suerte. Hace 30 años, cuando yo tenía 18, las cosas fluían perfectamente. El pueblo tenía su manera de ser y, como gente común y corriente, nadie que no lo fuera se dejaba sorprender por el comportamiento de quienes concebían el mundo con la simpleza propia de su destino. Así, a mí jamás se me hubiera podido ocurrir que un Presidente reaccionara ante una situación límite de la misma forma que, digamos, alguien tan respetable como un gerente bancario, un bodeguero o una empleada doméstica.

Intuitivamente, aunque seguro fundado en el conocimiento que da la lectura de la vida de grandes hombres, yo sabía que, más allá de las cuestiones providenciales, esa diferencia de expectativas en lo que se espera de un Presidente y un gerente bancario, un bodeguero o una empleada doméstica radicaba y se explicaba en función de la responsabilidad que le cabía a cada cual en el mundo. Así, a mayor responsabilidad, era obvio que el comportamiento público debía ir acorde con su rango. Esto era fundamental para lo que cualquiera conoce como respeto. Mientras más altas las responsabilidades y los deberes hacia los demás, más respeto debía uno generar en la medida en que es éste el que hace posible el mando y el comando. En síntesis, guardar la compostura y no perder los nervios era, a mis 18 años, la regla de conducta que separaba a los grandes de los pequeños.

Pero los tiempos han cambiado. Esta semana, la señora primera dama de la nación tuvo un accidente de tránsito. Nada grave según lo que todos pudimos ver a través de los medios de prensa apenas sucedido el percance. Una leve abolladura en su camioneta tras chocar con otro auto y colisionar con un poste en el Centro de Lima. La primera dama fue conducida a una clínica donde entró caminando. Los golpes propios de un encontrón en un brazo, pero nada de qué preocuparse. Felizmente para ella y para su familia, la señora estaba sana y salva.

Mientras tanto, en Arequipa, su esposo, el Presidente de la República, se disponía a bajar del avión con todo su gabinete para presidir un Consejo de Ministros descentralizado en la localidad de Chivay. Informado del accidente de su esposa, el Presidente reaccionó como seguramente lo hubiera hecho cualquiera de nosotros. Dejó todo tirado y se fue volando, en el mismo avión en el que acababa de llegar, para ver a su esposa. El gabinete tuvo que sesionar sin el Presidente que, esposo ejemplar, acompañó a su esposa en la clínica hasta que fue dada de alta a las pocas horas de haber entrado.

La devoción amorosa del señor Presidente hacia su señora es, como vemos, ejemplar. Pero el problema –¿si hay alguno?– es que el Presidente no es, o no debiera ser, como cualquiera de nosotros. Para nosotros, que no tenemos a nuestro cargo a 30 millones de personas, sino apenas, según corresponda, a nuestra familia o a algunos subordinados más, vale salir disparado al hospital dejando otras responsabilidades de lado. Después de todo, ello se justifica en razón de que, como gente común y corriente, no tenemos otro horizonte más importante que nuestra familia.

Pero dejar un asunto de Estado por uno personal no era, hace 30 años, algo que hubiera hecho un Presidente. ¿O, me pregunto yo, el general iba a dejar la batalla para ayudar a su esposa en las labores de parto?

Pues, hoy, la respuesta es sí. ¿No es ese acaso el ejemplo del Presidente? Recién ahora puedo entenderlo todo. El Presidente es uno más, como cualquiera de nosotros. Ya no hay grandes ni pequeños en la Historia. Todos somos comunes y silvestres. Todos somos presidentes.