(Foto: Alessandro Currarino/GEC)
(Foto: Alessandro Currarino/GEC)

Durante más de sesenta años la dictadura cubana construyó uno de los fake news más longevos: la imagen de ser una potencia médica y educativa que cubría las necesidades básicas de todos sus ciudadanos. Esta construcción romántica de sus supuestos logros sociales ha sido siempre expuesta como justificante del régimen cada vez que se le ha denunciado por la ausencia de libertades y de democracia.

El mito de Cuba como potencia en logros sociales cayó este domingo 11 de julio,  precisamente por un estallido social sin precedentes originado por un colapso sanitario, un sostenido deterioro económico y por la falta de libertad para reclamar sobre ello. Puede que las inéditas protestas cubanas no sean aún el fin de la dictadura, pero sí han logrado iniciar el fin de esa condescendencia internacional con un régimen comunista que ha empobrecido y oprimido por décadas a su pueblo. La forma tiránica como ha reaccionado el régimen ante las protestas ha sido presenciado a través de las redes sociales en buena parte del mundo, y esto pese a los cortes de luz y de la Internet dirigidos por el mismo gobierno. Hemos sido testigos que detrás de esa imagen idílica de Cuba hay personas sufriendo.

Por supuesto, este desvelo de lo que venía ocurriendo en aquella isla sensibiliza a  quienes creen en la libertad, la democracia y el Estado de derecho. En quienes creen que ningún embargo extranjero lleva a ningún gobierno a violar los derechos humanos. Eso no ocurre en talantes autoritarios o en quienes, sesgados por su ideología y pese a las pruebas palmarias de los últimos días, aún evitan condenarla como una dictadura, como lo ha hecho nuestro próximo gobernante Pedro Castillo y su voceado ministro de Salud, Hernando Cevallos.

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Esto es muy preocupante porque cuando ellos evitan llamar dictadura a Cuba están leyendo como normal y siendo condescendientes con los siguientes atropellos: falta de elecciones libres en seis décadas, falta de competencia partidaria, persecución de opositores, encarcelamientos de periodistas independientes, falta de libertad de expresión y de prensa, represión violenta del derecho a la protesta y violación sistemática de los derechos humanos. Nada alentador para el futuro democrático del Perú.

Lea mañana a: Richard Arce

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