“La ausencia de liderazgos lúcidos ha determinado que la crisis parezca dicotómica, solo resoluble mediante la disolución o la vacancia...”.   (Foto: Flickr Franco.A Herrera)
“La ausencia de liderazgos lúcidos ha determinado que la crisis parezca dicotómica, solo resoluble mediante la disolución o la vacancia...”. (Foto: Flickr Franco.A Herrera)

Toda crisis política implica riesgos pero también posibilidades. La ausencia de liderazgos lúcidos y ecuánimes ha determinado que la crisis actual parezca dicotómica, solo resoluble mediante la disolución o la vacancia. Con su inaudita torpeza, en lugar de dejar que las controversias judiciales se resuelvan en la instancia pertinente, los atolondrados e irreflexivos de ambos bandos parecen decididos a conducirnos a un abismo.

Existen alternativas que las personalidades ecuánimes del Parlamento deberían aprovechar para avanzar las causas de la libertad, única manera de enrumbar por la ruta del progreso: el Estado limitado, el genuino equilibrio de poderes, la representatividad diáfana, no la antojadiza, el empoderamiento ciudadano, el fortalecimiento municipal, el derribo de barreras administrativas empobrecedoras, medidas todas conducentes a que el Estado deje de estar al servicio de mafias encumbradas y de frustar las aspiraciones de progreso del pueblo peruano, deberían constituir los objetivos de la hora presente. La Constitución del 93, en efecto, requiere reformas de profilaxia que la liberalicen.

Mientras los extremistas de ambos bandos se desgañitan tratando de evitar cualquier posible avance institucional democratizador, los ecuánimes deberían aprovechar para desarrollar la normativa que separe la elección de los alcaldes de la de los regidores, que reduzca el tamaño de las circunscripciones parlamentarias, que transfiera a las provincias las prerrogativas de los gobiernos regionales, ese absurdo artificio que, lejos de fomentar la participación ciudadana, facilitó la corrupción y privilegió la mediocridad. El centralismo, grande o chico, se combate reduciendo las prerrogativas de burócratas y políticos e incrementando el poder fiscalizador del ciudadano.

Mientras la paranoia extremista del “ustedes o nosotros” mantiene ocupados a los torpes e intransigentes, tanto del Ejecutivo como del Congreso, los ecuánimes podrían introducir topes a los impuestos indirectos con los que el Estado mantiene en el umbral de la pobreza o debajo del mismo a la mayoría.

Debe entenderse que solo el que consume menos de lo que produce puede acumular un excedente para progresar. Pero si el Estado se apropia de ese pequeño excedente, gravando por ejemplo el GLP con verdadera impudicia, o encareciendo abusivamente los combustibles mediante un IGV y un ISC altísimos, lo que efectivamente logra es asfixiar al contribuyente y anclarlo en la pobreza.

Los desproporcionados impuestos indirectos actuales son peores que el Tributo Indígena que mantuvo en la indigencia a la población nativa durante tres siglos de virreinato.

Mientras el Estado siga metiendo la mano al bolsillo de los pobres para arrancharles parte del poco dinero que tienen, se perpetuará la miseria y se fomentarán el descontento y la protesta.

Un Estado que se financia expoliando al pueblo al que simula servir requiere ser drásticamente reformado.

Mientras los representantes de ambos extremos sigan enfocados en sus afanes maximalistas y sectarios, e insistan en mantener a la población semi interdicta, seguirá frustrándose nuestro destino colectivo y seguiremos siendo como un rebaño pastoreado por hienas.

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