Antauro Humala. (Foto @GEC)
Antauro Humala. (Foto @GEC)

Para que la democracia subsista se requiere de diálogo y consensos. Esto solo ocurre cuando existe un centro político capaz de generar alianzas en aras de la gobernabilidad y la salvaguarda de las minorías. Ningún sistema democrático es capaz de sobrevivir en un ambiente político de polarización extrema, sin consensos mínimos, sin sacrificios o entre dos grupos políticos cuyas propuestas son la destrucción del otro. Peor aún si esos dos extremos son abiertamente antidemocráticos como ocurre en el Perú.

Es más que evidente que en nuestro país se ha perdido el diálogo para encontrar puntos medios. Basta con ver la propuesta de cambio de constitución que algunos intentan imponer a pesar de su poco arraigo popular y de no tener los votos suficientes para ello. Hace algunos meses se publicó una encuesta alarmante en la que se mostraba que solamente la mitad del país consideraba a la democracia como el sistema político ideal para el país. Es decir, que la mitad del país observa al autoritarismo como un sistema político viable. De ahí el arraigo de propuestas políticas como la de Antauro Humala que representa no solo el fin del sistema democrático sino, además, la imposición de una política de terror que tiene como principal propuesta fusilar a quienes no estén con el gobierno (empezando por su propio hermano, el expresidente Ollanta Humala), la supremacía de un grupo racial sobre otro, la estatización de empresas, el encierro de los venezolanos en campos de concentración, el aumento del discurso bélico contra Chile, entre otros.

Un tipo como Antauro, encarcelado por cometer un golpe de estado, por haber asesinado policías y que, además, está orgulloso de ello, sería repudiado en cualquier democracia decente. Pero en el Perú esta llena plazas todas las semanas con mítines y está tomando fuerza como propuesta política. Es ayudado por el partido de gobierno, pero también ha sido aliado de López Aliaga, el flamante alcalde de Lima, en la campaña presidencial de este último. Es decir, que los dos extremos, derecha e izquierda, no tienen problemas en confabularse con Antauro si tienen intereses en común. Además, ante un eventual gobierno suyo, volverán a aparecer los mercenarios políticos que se venden al poder de turno, entre congresistas, alcaldes y gobernadores regionales.

Antauro no oculta el uso de simbología fascista en sus mítines, grita que va a fusilarlos a todos (incluyendo a su propio hermano), habla la supremacía de los genes de Manco Capac y Mama Ocllo (como si los personajes de los mitos hubieran existido) entre otros cientos de tonterías, mientras su público y los reservistas vestidos de militares le aplauden entusiastas (el exmilitar grita el nombre de un político y el público grita “¡fusílalo!” y se escuchan aplausos y risas). Antauro representa el fin de la democracia y el inicio del fascismo andino. En estas últimas elecciones muchos se han alegrado de que el fujimorismo y Perú Libre no hayan ganado ninguna alcaldía ni gobierno regional. Vaya que es una buena noticia, pero, teniendo en cuenta el perfil del votante de ambas agrupaciones (que reivindican dictaduras, además), la pregunta sería: ¿Quién está capitalizando ese electorado?