Foto: Andrés Paredes/GEC
Foto: Andrés Paredes/GEC

Que tire la primera piedra el que no lo pensó en las últimas semanas. Se llama sesgo de confirmación y es la tendencia que tenemos las personas a fijarnos en lo que comprueba nuestras creencias y ningunear lo que las contradice. Tiene más de medio siglo de haber sido incorporado a la psicología. Si bien ya lo había tasado Tucídides en Atenas, en época de redes sociales, por las fake news y las burbujas que los algoritmos forman, aislándonos de quienes piensan distinto, viene con esteroides. El sesgo confirmatorio es parte del ADN humano, y está probado que hace perder plata en la bolsa; usar tratamientos médicos ineficaces; más difícil combatir depresiones, hipocondría y fobias; entre muchos otros problemas individuales.

A nivel colectivo, puede crear, extender o agravar conflictos. Cuando el centro de resolución de conflictos de Harvard invitó a un grupo de ecuatorianos y peruanos, los obligó a dejar todos los mapas y libros a un lado para evitar ese sesgo. Algunos lazos que se generaron en ese experimento pudieron ayudar a lograr un acuerdo de paz muy exitoso.

Sería tonto y naíf no reconocer los graves riesgos que el Perú enfrenta hoy política y económicamente. Merecen todo esfuerzo de precaución y colaboración para evitarlos. Pero tenemos que ser conscientes de que nuestra lectura e interpretación de los hechos está marcada por el sesgo confirmatorio, que lleva a una polarización que solo nos reduce posibilidades. Pretender que uno es inmune al sesgo confirmatorio es absurdo. Así como los hábitos de higiene dental son la única manera de controlar el mal aliento, solo se puede luchar contra el sesgo confirmatorio si uno cuestiona sus creencias como hábito. En 2004, en las elecciones entre George Bush y John Kerry (moco de pavo frente a nuestra segunda vuelta), se probó, a través una resonancia magnética, que a los partidarios de cada uno de ellos se le activaba la zona emocional del cerebro cuando se les mostraba declaraciones contradictorias de su candidato, lo que no les ocurría con el contendor. La interpretación es que la zona emocional se activaba para no tener que reconocer dichas contradicciones y encontrarle alguna justificación.

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No importa por quién haya votado ni qué razones lo llevaron a hacerlo, todos tenemos sesgo confirmatorio en esta polarización brutal que todavía nos rige. Eso reduce nuestras opciones de encontrar soluciones imperfectas, pero tal vez mejores; nos impide ser objetivos respecto de los problemas reales que tiene la opción que elegimos; agrava el conflicto real (varias encuestas y la primera vuelta muestran que la mayoría busca cambios moderados); y nos genera sentimientos de ansiedad, depresión y fobia más allá de lo que la realidad justificaría. Esas son las deducciones lógicas de asumir plenamente que nacimos con un sesgo confirmatorio que debemos compensar, valorando y analizando más lo que contradice nuestras creencias.

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