“Parecería que lo único que tenemos para mostrar esta vez es nuestra grave crisis institucional, como evidencian sucesos recientes que involucran a distintas instituciones”. (Foto: GEC)
“Parecería que lo único que tenemos para mostrar esta vez es nuestra grave crisis institucional, como evidencian sucesos recientes que involucran a distintas instituciones”. (Foto: GEC)

A unas semanas del bicentenario, cada vez es más evidente que tenemos la institucionalidad de un país bisoño. Nuestras instituciones simplemente no funcionan o nos generan una gran desconfianza, que, para efectos prácticos, es lo mismo. Llegamos con un país maltrecho, sin ninguna obra que mostrar que lo festeje, a diferencia del primer centenario donde el gobierno de entonces organizó un variado programa de celebraciones que incluyó inauguraciones de obras diversas como avenidas y calles, monumentos y nuevos edificios públicos, con la participación de delegaciones de 34 países.

Parecería que lo único que tenemos para mostrar esta vez es nuestra grave crisis institucional, como evidencian sucesos recientes que involucran a distintas instituciones. Esto incluye un poder electoral cuestionado por un alto porcentaje de la población por presuntas irregularidades en las recientes elecciones, un Poder Judicial que dicta fallos cuestionables años después del inicio de una demanda o que demora una eternidad en resolver juicios; una Fiscalía que no trata las distintas investigaciones con el mismo celo y toma años en iniciar juicios; y un Congreso que aprobó una serie de leyes nocivas al país, varias de ellas inconstitucionales, que se autogenera una legislatura para pasar reformas constitucionales y que intenta recomponer el Tribunal Constitucional entre gallos y medianoche.

El Poder Ejecutivo tampoco se salva, incapaz de implementar con eficiencia procesos de adquisición de bienes y servicios o de gestionar obras de infraestructura. La paupérrima gestión de la pandemia atestigua lo mismo. Tampoco tiene mucho que mostrar nuestra clase política que no pudo formar partidos sólidos y de presentar candidatos preparados y de moral intachable para distintos cargos. Cierran esta historia de horror nuestros gobiernos subnacionales plagados de denuncias de corrupción, ineficiencias e incapacidad para administrar sus recursos en beneficio de la población; y aquellos empresarios involucrados en corrupción. Las instituciones que deben protegernos brillan por su ausencia.

La poca legitimidad del próximo gobierno, la fragmentación del nuevo Congreso y la polarización de nuestra sociedad parecen garantizarnos un próximo lustro que será perdido, sin reformas institucionales positivas, con un crecimiento económico muy por debajo de nuestro potencial, incapaces de mejorar el bienestar de nuestra población. Muy triste. ¿Seguiremos perdiendo el paso o podemos hacer algo como país para evitar esto?