“El precio de una mala educación lo pagarán los alumnos a lo largo de la vida al ser menos productivos y, por lo tanto, percibir menores sueldos y salarios”.
“El precio de una mala educación lo pagarán los alumnos a lo largo de la vida al ser menos productivos y, por lo tanto, percibir menores sueldos y salarios”.

Hace dos semanas escribí sobre la falacia del pastel y sus implicancias. Esta vez comentaré sobre la importancia de distinguir entre precio, costo y valor, términos que muchas veces confundimos. El precio de un bien o servicio es lo que pagamos por adquirirlo, su costo es la suma del esfuerzo y de los insumos que se utilizaron en su producción y el valor es la utilidad percibida por quien los recibe. Normalmente, si la transacción se hace en un mercado libre, el precio está por encima del costo, ya que el que lo produce requiere una ganancia más allá de su costo; y el valor por encima de ambos.

En situaciones como una economía socialista o con distorsiones de precios, o en casos especiales de exceso de oferta, esto no siempre ocurre. Tampoco ocurre cuando el Estado es quien provee estos bienes y la sociedad ha decidido que los debe proveer subsidiados o gratuitamente. Ejemplos clásicos de esto son la educación y la salud gratuitas, provistas por el Estado. Como no se cobra por ellas a los usuarios, su precio es cero, pero costó producirlas y alguien pagó estos gastos, algo que no debemos olvidar. No fue el Estado, como muchos piensan, sino los ciudadanos con sus impuestos.

El que recibe dichos servicios piensa que son gratuitos porque no le cobran por utilizarlos, pero ¿realmente lo son? Si la educación y el servicio de salud que recibimos son buenos y no nos ocasionan algún tipo de costo supletorio, podemos concluir que sí. Evidentemente, esto no es el caso en el Perú ya que los beneficiarios de esos servicios ‘pagan por ellos’ de distintas maneras. Por ejemplo, lo hacen con el tiempo de espera para recibir una atención médica o con la mala calidad de los servicios médicos o de educación provistos. El precio de una mala educación lo pagarán los alumnos a lo largo de la vida al ser menos productivos y, por lo tanto, percibir menores sueldos y salarios. En cuanto a la salud, el precio puede ser aún mayor ya que puede afectar la calidad de nuestra salud a futuro o incluso nuestra vida misma. El valor percibido en estos casos es bastante bajo.

No confundamos precio con costo o con valor, ni tampoco obviemos los ‘otros precios’ que pagamos por malos servicios que nos venden como gratuitos. La calidad de muchos servicios públicos durante este gobierno se ha deteriorado, lo que ha aumentado ‘sus precios’ para el ciudadano. Los ejemplos más evidentes ocurren en la salud y educación pública, pero hay muchos otros ejemplos de deterioro en servicios públicos que nos ocasionan perjuicios. El precio no solo se paga en dinero, sino también en tiempo perdido o en la mala calidad de los productos y servicios recibidos. Por ello, como usuarios, debemos ser exigentes.

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