El actor Paul Newman interpretó de Frank Galvin.
El actor Paul Newman interpretó de Frank Galvin.

Frank Galvin era un abogado perdedor. Había ganado de todo. Pero cuando lo conocí, conseguía clientes dejando tarjetas en los velorios, con la esperanza de que lo contraten para la herencia. Sobrevivía en un bar. Para ayudarle, un antiguo socio le regaló un caso. Por negligencia médica, una mujer estaba en coma. La Iglesia, promotora del hospital, ofrecía una indemnización de US$210,000 dólares que, por entonces, era un mundo de plata. La familia estaba de acuerdo. Solo faltaba firmar ante el juez. Los honorarios serían lo suficiente para rescatar a Galvin de su tragedia. Como dije, caso regalado.

Sin embargo, Galvin siguió el juicio contra las presiones de la familia, el consejo del juez y la intermediación del obispo. Apostó a la remota posibilidad de ganar. Pero su amante había sido sembrada, era espía de los abogados del hospital que, prevenidos, destrozaron las pocas pruebas que tenía. Retrocedió, quiso aceptar la oferta, pero era tarde. El hospital sabía que ganaría el juicio sin pagar un centavo. Al final, apareció una fotocopia salvadora. El jurado concedió una indemnización millonaria. Ganar el juicio fue una anécdota. Para mí, Galvin fue irresponsable, no tenía derecho a arriesgar el trato ofrecido a sus clientes.

Tiempo después volví a ver El veredicto y a Paul Newman haciendo de Galvin. Mereció el Óscar en 1982, pero se lo dieron a Ben Kingsley por Ghandi. Una escena lo cambió todo. En el hospital, Galvin se reconoció en la paciente en coma, en su deterioro y sufrimiento. Entendió que le debía justicia y que tenía que seguir el juicio para que los culpables aceptaran su negligencia, pidieran perdón de corazón, mejoraran sus protocolos para evitar que a otros les pasara lo mismo y, solo al final, pagaran la reparación. Recibir dinero sin litigar habría sido un soborno. Allí comprendió que su cliente era la paciente y no su familia.

Se enseña que el cliente siempre tiene la razón. Pero, como le pasó a Galvin, hay que descubrir quién es el cliente y qué quiere. Algunas veces el cliente no es quien paga y otras, más allá de la persona, es un principio. Con frecuencia lo que quiere no es lo primero que quiere, tampoco es lo que mejor parece, puede que tenga que perder ahora para ganar después. Es todo un arte. Hay que evitar la tentación de sustituir la voluntad del cliente para imponer la nuestra. Sin duda la profesión requiere conocimiento y habilidad, pero exige sobre todo lealtad. Por eso lo que se cobra se llama honorario, porque de honor se trata.

En sociedad, nosotros somos los clientes de los políticos y de la burocracia. Sin embargo, para ellos los clientes son quienes los financian o, tanto peor, quienes los corrompen. Tampoco saben qué queremos y, a cambio, nos dan migajas del presupuesto en forma de subsidios, o de obras que no terminan, nunca en servicios de calidad. Nos lo dan convencidos de que lo regalan, cuando el presupuesto es plata nuestra. Los políticos están lejos de ser Galvin y nosotros tampoco ayudamos, no sabemos ser clientes. La paciente estaba muerta en coma. Pero nosotros aún podemos reclamar, exigir o cambiar de servicio. Si lo hacemos en la vida privada, ¿por qué no en la vida política?

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