(Foto: Andina)
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Muchas veces los datos estadísticos nos juegan una mala pasada. Imagínese que un estudiante vuelve a casa y comenta que en su último examen ha mejorado 100% respecto del anterior. La familia se alegra; sin embargo, cuando le preguntan por la nota que obtuvo, dice 04. ¿Está mintiendo? No, porque en el examen previo obtuvo 02; es decir, mejoró 100%. Moraleja: cuando la comparación se hace contra un número muy bajo y se expresa la variación en porcentaje, puede resultar muy engañoso.

Para 2021, las cifras no están cerradas, pero se espera un crecimiento que estaría entre 11% y 13% y sería el mayor de América Latina. Es cierto, pero ¿significa mucho o se trata de un rebote? Para saberlo, basta con un dato: en 2020, la economía cayó 11.1%. Por lo tanto, al igual que las notas del estudiante, el problema está en la cifra contra la cual se compara.

La misma idea se cumple para cualquier variable cuando el cambio se expresa en porcentaje. Por eso, en 2021 la inversión habría crecido mucho en porcentaje, pero no nos dice mucho. Por lo tanto, el rebote estadístico aparece cuando el patrón de comparación es muy bajo.

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Otro apunte: si no lo expresamos en porcentaje y si lo hacemos en soles, ¿qué ocurre? Hace unos días el ministro de Economía anunció que en 2021 la inversión pública había ascendido a 36 mil millones. Aquí lo que importa es el impacto que ese dinero genera, porque es el impacto el que aumenta o no el bienestar, que es el objetivo último. Si la gestión pública es deficiente, puede invertirse el dinero que sea, sin que tenga efectos significativos. ¿Cómo lo medimos entonces? A través de evaluaciones de impacto. El dinero es un insumo. Me explico. Si, por ejemplo, se hacen más escuelas con ese dinero, pero los niños que ahí estudian no mejoran su comprensión lectora o capacidad de hacer operaciones aritméticas simples, entonces la mayor inversión no tuvo impacto. No habría nada que aplaudir.

Esto no quita que sea clave el aumento de la inversión, pero debemos analizarla a partir del impacto que genera. Y eso es válido para la privada y la pública. En Perú, de cada 10 soles que se invierten, ocho son privados y dos son públicos. Por lo tanto, sabemos que para poder crecer requerimos aumentar la inversión privada. Dos cosas respecto de la pública: por un lado, representa solo el 20% del total de la inversión en el Perú, por lo que tendría que crecer mucho para que tenga impacto y, por otro, no puede aumentar por el déficit fiscal. Simplemente no hay dinero para que crezca. De ahí que el peso de la recuperación caiga sobre la privada. El crecimiento de la inversión privada hace crecer el empleo y, como consecuencia, los ingresos, el consumo privado y la recaudación tributaria, que hace que el gobierno tenga el dinero para redistribuir, es decir, invertir en educación y salud de los más vulnerables.

En síntesis, tres conclusiones: primero, cuidado con el rebote estadístico al leer cifras económicas; segundo, el aumento de la inversión pública está limitada por el dinero que sale de los contribuyentes, no es infinita; tercero, importa la evaluación de impacto del dinero invertido.

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