(Foto: Alessandro Currarino / GEC)
(Foto: Alessandro Currarino / GEC)

A nuestra historia le sobran caudillos, pero cuánta falta le hacen instituciones. Entre el Imperio incaico y el centro del Virreinato español en Sudamérica, Perú vivió cerca de 400 años bajo un estilo de liderazgo personalista, simbólico y vertical. En su independencia, se instituyó un sistema republicano cercano al puro presidencialismo. Durante el siglo XX, el 56% de las veces el Perú fue gobernado por un militar luego de un golpe. Después de 500 años de ser gobernados principalmente por incas, virreyes y militares, la segunda mitad del siglo XX parecía ser el inicio de un liderazgo más institucional, democrático y plural. En la mayor parte de este periodo, Perú poseía un sistema cuatripartito relativamente coherente compuesto por Partido Comunista -Izquierda Unida, Apra, Acción Popular y Partido Popular Cristiano. En las elecciones de finales de los ochenta, los cuatro partidos colectivamente representaron más del 90% de los votos.

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Entre 1987 y 1992 nos azotó una hipercrisis que socava hasta hoy nuestra vida republicana: hiperinflación, hiperterrorismo, hipercorrupción e hiperautoritarismo. En tiempos de amenaza, las sociedades en modo sobrevivencia piden caudillos que los liberen de la crisis, cual sea el costo. Se consumó así la descomposición total del sistema de partidos institucionales y se reemplazó por un sistema atomizado centrado en el caudillo de moda. En los últimos 30 años, hemos tenido seis presidentes electos (A. Fujimori (2), Toledo, García, Humala y PPK). Ninguno de sus partidos tiene representación en el actual Congreso, ni licencia partidaria vigente. Al menos 8 de los 10 partidos que sí tienen representación en el Congreso son vehículos construidos a imagen y semejanza del caudillo de turno: RLA, De Soto, Keiko, Acuña, Guzmán, Luna, Mendoza y Cerrón. Debemos abandonar la persistente apuesta por caudillos de moda para lograr una firme e impostergable necesidad de orquestar y concretar una transformación por parte de una colectividad organizada. Implica, por lo tanto, más humildad que ego, más paciencia que carisma, más desprendimiento que encumbramiento y más resiliencia que brillo. Más plataformas institucionales que caudillos salvadores.

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