Brasil es un país en donde la población sueña con el Estado resolviendo sus problemas y guiando su país al desarrollo. Sin embargo, la realidad es muy distinta. La corrupción y el parasitismo son los rasgos más notables del Estado brasileño.

En la era PT (2003-2016) el número de empleados públicos se incrementó casi cuatro veces más rápido que la población brasileña. Lamentablemente, el crecimiento de la burocracia no ha significado mejores servicios para los ciudadanos, sino más trámites y más impuestos.

Hoy, el Estado se apropia de 41% de la riqueza creada por los brasileños. Es decir, una persona trabaja todo un año para sustentar a su familia, pero 150 días de ese año son para pagar impuestos. Para su familia solo le queda lo que gana en los 215 días restantes.

Las estimaciones sobre el tamaño de la burocracia pública fluctúan entre 10% y 12% de la PEA, absorbiendo gran parte del presupuesto nacional. Además de numerosa, esa burocracia es una de las capas más privilegiadas de la sociedad. Un burócrata del gobierno federal gana 67% más que un trabajador privado con la misma calificación y la misma función.

Según la Constitución, ningún empleado público puede ganar más de 33,700 reales mensuales, un poco más de 10 mil dólares. Sin embargo, los congresistas y jueces han inventado fórmulas para burlarse de la ley: auxilios de vivienda, indemnizaciones, seguros de salud, bono de educación, jubilaciones, etc. En la práctica, los congresistas y el 71% de los jueces reciben mucho más que el techo legal.

Con un macroestado, alto parasitismo y mucha corrupción, el Brasil va a tener dificultades para crecer a la par de los países emergentes.

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