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La condena de Lula en segunda instancia lo pone, legalmente, fuera de la carrera electoral, pero él aún mantiene 35% de las intenciones de voto. En caso de que Lula no participe, el posible candidato del Partido de los Trabajadores (Jacques Wagner) obtendría solo el 2%. Estos números pueden aumentar, pero, tal como están las cosas, el 2018 sin Lula puede significar una debacle política para el PT.

Si las elecciones municipales de 2016 sirven de referencia, ellas fueron desastrosas para el PT. Perdieron Sao Paulo y todas las grandes ciudades de Brasil, y disminuyeron su control político de 11% a solo 4.5%. Desde el tercer lugar, en peso municipal, el PT cayó al décimo lugar, fuera del club de los grandes partidos y en la cola de los medianos.

La salida de Lula genera espacio para nuevas candidaturas. Esto es positivo para la renovación política. Sin embargo, los votos blancos y nulos aumentan 12 puntos porcentuales, pasando de 16% a 28%, expandiendo el número de quienes no se identifican con ningún candidato.

El PT ha lanzado la campaña “Elección, sin Lula, es fraude”. Su objetivo es aumentar la anomia para canalizarla en la reconstrucción de su fuerza política.

El problema para el Brasil es que lo que está en crisis no es solo el PT, sino la legitimidad de toda la clase política. La popularidad de Lula y la polarización Lula-Bolsonaro son expresiones de ello. La población se ha vuelto consciente de la corrupción de los políticos, pero aún no tiene idea de qué hacer para acabar con ella. Los debates electorales, en los próximos meses, pueden mostrar una luz al final del túnel. Ello va a depender de la capacidad de las corrientes políticas que recién están surgiendo.

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