(Presidencial de la República)
(Presidencial de la República)

Si esta noche –esta columna se escribe antes de la anunciada intervención presidencial– el presidente Kuczynski no convence al país de no haber estado involucrado en actos de corrupción, el crédito se le habrá agotado definitivamente. Tendrá que renunciar o será vacado.

El caso Odebrecht es explosivo y sus esquirlas llegan a todos los sectores políticos. El fujimorismo, además, mostró desde un inicio que no aceptaba su derrota y que el acoso a PPK sería incesante. No obstante, el presidente es el principal responsable de la actual crisis, porque ha mostrado una singular mezcla de arrogancia, impericia, falta de transparencia y desubicación política. Su ensimismamiento no le ha permitido anticiparse a los petardos que su trayectoria en la función pública le tenía guardados.

La interrogante de fondo, ahora, no solo se reduce a si el presidente deja su cargo, sino también a saber si el fujimorismo pretende, con la eventual caída de PPK, ponerle punto final a las investigaciones, sobre todo ante nuevas revelaciones –si Odebrecht las quiere soltar y no las negocia–, y seguir centrando el blanco solo en Humala, Toledo, Villarán y PPK. Porque a pesar de las promesas de su candidata Keiko Fujimori durante la campaña de 2016, el fujimorismo se ha reafirmado en ser implacable con sus adversarios, pero condescendiente al extremo con los suyos y sus aliados. La crisis tiene dos posibles salidas: llamar a nuevas elecciones o seguir con una segunda versión del gobierno elegido en 2016. En esta segunda eventualidad, si la salida del presidente se concreta y el vicepresidente Vizcarra asume la Presidencia de la República, no le quedará sino formar un gobierno de frente democrático, de ancha base, prudente y firme, con tres o cuatro ejes centrales de gobierno; entre ellos, impulsar a fondo la investigación judicial contra la corrupción.