Santiago Pedraglio
Santiago Pedraglio

El ex presidente Álvaro Uribe ha sido el gran promotor de la candidatura del nuevo mandatario de Colombia, Iván Duque. El candidato del Centro Democrático, que ganó con cerca del 54% (más de 10 millones de votantes), derrotó a Gustavo Petro, de centroizquierda, que alcanzó más de 8 millones y medio de votos.

Gran parte de la prensa internacional y de la colombiana presentó la confrontación como un nuevo round entre el pensamiento democrático y liberal, encarnado por Duque-Uribe, y el populismo de izquierda (algunos le agregan chavista) de Petro. El concepto de populismo sirve, no obstante, para todo y para nada, porque son calificados como tales Trump, López Obrador, Le Pen, Pablo Iglesias y un amplio etcétera hacia la izquierda y la derecha.

Con los liberales pasa lo mismo. Uribe, de profundas raíces autoritarias, es un ‘liberal’ para sus hinchas. Cuesta entender, por ejemplo, por qué Mario Vargas Llosa, entre otros, está tan seguro de que “con [Duque] serán reforzadas la democracia y la libertad para Colombia y para toda América Latina” (El Comercio, 15/6/18). Todo es aceptable en el debate político, pero esgrimir la defensa de la democracia en este caso resulta un abuso, salvo si se olvida que “el senador [Uribe] congregó a los sectores más conservadores y religiosos para […] liderar el triunfo del no en el plebiscito sobre los acuerdos” (El País, 18/6/18) y que “durante sus dos periodos presidenciales [de Álvaro Uribe], los asesinatos de campesinos que eran presentados como guerrilleros muertos en combate, […] llamados ‘falsos positivos’, […] aumentaron de manera drástica: 154% entre 2002 y 2010” (Semana, 2/7/2014).

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