Desde los años 90, la ofensiva neoliberal se asentó en nuestro país con un carácter mercantilista. Un Estado débil y desarticulado fue festinado a nivel nacional por los intereses de grandes consorcios privados. También, a nivel local, medianas y hasta pequeñas empresas ganaban licitaciones con fraude. Se criticaba a quienes defendiendo el mercado afirmaban la necesidad de su regulación para evitar sus distorsiones que caminaban junto con los intereses de los poderosos y la corrupción.

Esa ofensiva comprendió aspectos ideológicos importantes. Entre ellos, el abandono del enfoque social y la aceptación natural de la desigualdad como producto del crecimiento de la tasa de ganancia. Con triquiñuelas argumentaron que los ‘altos ingresos’ de los trabajadores ahuyentaban a las inversiones privadas. Así, empezaron a llamar a sus trabajadores (obreros, empleados) como “colaboradores”. ¿De quién? De la empresa en abstracto, que cumpliría un rol social al permitirles que continúen teniendo chamba.

Sin embargo, la experiencia aconseja ajustar la teoría con la realidad. En nuestro país se pueden combinar la modernidad con situaciones propias de la servidumbre. Los dos jóvenes electrocutados encargados de limpiar un local de McDonald’s durante la madrugada (jornada de 10-12 horas) son una muestra de lo anterior. También los otros dos jóvenes que murieron por asfixia cuando se produjo un potente y prolongado incendio, hace dos años, en el edificio Nicolini. Se encontraban encerrados al estilo medieval, con un candado en la puerta. Así como recorrió el mundo el éxito conseguido con Los Panamericanos, ahora fue al revés.

En un excelente artículo en La otra mirada, Alejandra Dinegro señala con razón que “prefieren a los muy jóvenes” cuando se trata del abuso de los propietarios.

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