El consenso en la política. (Foto: PCM)
El consenso en la política. (Foto: PCM)

Fue Ramiro Prialé, dirigente del Apra en los 50 del siglo pasado, el de la famosa frase “dialogar no es pactar”. Creo que omitió el indispensable “necesariamente”. Los acuerdos del Apra con los pradistas en 1956 y con los odriístas en el 63 se consiguieron después de muchas conversaciones que culminaron en compromisos a cumplir. En cambio, el diálogo entre Vizcarra y Olaechea estuvo ausente de propuestas para realmente –en serio– llegar a proponer compromisos y acuerdos.

La búsqueda del consenso entre posiciones divergentes en la política nos dice excepcionalmente de un consenso global, es decir un acuerdo político entre todos (unanimidad). Aunque la mayoría de las veces, una de las fuerzas mediante concesiones logra conseguir acuerdos con otras, dejando en una clara minoría a su adversario principal (lo consigue aislar). En este caso, este último se ve obligado a aceptar el acuerdo mayoritario, considerado como consenso necesario.

Pero también, cuando las circunstancias lo exigen, la población decide opinar a favor o en contra de alguna propuesta hecha por el Ejecutivo o algún sector del Congreso para ganar adherentes. Sucede cuando un sector de la población decide hacer público su apoyo o rechazo, en conferencias de prensa, comunicados o entrevistas en los medios, etc. Entonces, el sector que lo impulsa busca ganar un “consenso pasivo” (opinión a su favor).

Sin embargo, el consenso pasivo puede convertirse en un “consenso activo” cuando los que están de acuerdo o protestan, deciden salir a las calles en marchas y mítines, expresando un compromiso mayor de participación en la defensa de sus puntos de vista.

Muchas veces el consenso activo de la población facilita la resolución de un grave problema político, cuando no se logra por los caminos normales.