Alfredo Ferrero
Alfredo Ferrero

En marzo, EE.UU. anunció que impondría aranceles/impuestos (25% y 10%) al acero y aluminio de China, 60 billones de sobrecosto a dichos productos. Ello motivó la reacción de China y la posibilidad de represalias, con lo que se podría desatar una guerra comercial de impacto mundial. China, con su desarrollo comercial, se ha convertido en importante socio del mundo y de varios países como el Perú; EE.UU. también lo es. China es el gran comprador de materias primas y a su vez también exporta productos cuya calidad, tecnología y diseño ha venido mejorando (ocurrió con Japón y Corea en los años 50 y 60, tras la Segunda Guerra Mundial).

Desde Trump, EE.UU. ha planteado un discurso proteccionista, se salió del TPP que Obama promovió, y ha lanzado criticas al comercio multilateral. “Estados Unidos primero”, dice. EE.UU. ha planteado también negociar el Nafta preocupado principalmente por el acuerdo con México. China, hoy, parece propensa a una economía abierta, crecimiento compartido y colaborativo con énfasis en una mejor integración, aunque se haya desarrollado sobre la base de políticas nacionalistas. Los roles están cambiando.

Las tarifas/aranceles encarecen productos y perjudican el consumo y al consumidor. En una guerra comercial no ganará ninguno y más bien podrían beneficiarse terceros países que tendrían ventajas de penetrar a esos mercados con productos iguales o similares. También afectaría la cadena de suministros.

Siendo las dos mayores economías del mundo, una guerra comercial genera incertidumbre en el mercado. Lo que pretende EE.UU. es reducir su déficit comercial con China, que parece haberse comprometido a comprar más productos de EE.UU. Otro tema sensible es la protección de la propiedad intelectual. El comercio es un juego de win-win, la guerra comercial sería un pierde-pierde.

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