Cuánto daño

“El alto precio a pagar es el de perder a congresistas que han llegado al poder porque quieren que nuestra historia cambie”.

Referéndum 2018: Peruanos en el extranjero votan reformas constitucionales | FOTOS

El escritor Santiago Roncagliolo ejerció como presidente de mesa en Barcelona. (Foto: Sabrina Yarlequé)

María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

La sofisticada discusión acerca de si los peruanos votamos con intransigencia en el último referéndum es irrelevante, pues nuestra situación es extrema. El país le dijo no, radicalmente, a la reelección e incluso a la bicameralidad, que es más democrática en principio, pero lo hizo por una motivación más urgente que la madurez política: Perú le dijo basta al daño.

Visto así, lo que necesitamos es que, quienes están dañándonos, simplemente desaparezcan y para siempre. El alto precio a pagar es el de perder a congresistas que han llegado al poder porque quieren que nuestra historia cambie. Un ejemplo es Alberto de Belaunde, un luchador por los derechos humanos, leal a sus principios, fisiológicamente hombre y abiertamente gay, que en los últimos días ha denunciado que el fujimorismo ha bloqueado la ley de salud mental en venganza por la oposición a la abusiva propuesta naranja de beneficios tributarios para los (sus) casinos.

En el otro extremo está el club de los traidores, de los que hacen alianzas con la corrupción y, si es necesario, por qué no, con el feminicidio, la homofobia y cualquier discurso de odio viralizable. Ejemplos tenemos demasiados y no solo en Perú. El recientemente estrenado documental Género bajo ataque, de Centurión Producciones, da cuenta de una serie de decisiones políticas que se toman en Costa Rica, Brasil, Colombia y Perú, donde candidatos mediocres pactan con fanáticos religiosos para generar una ola de odio a cambio de rédito político.

Fabricio Alvarado, candidato a la presidencia de Costa Rica en 2018, subió en las encuestas por manifestarse contra el matrimonio igualitario y a favor de desactivar el Ministerio de la Mujer. Y perdió por muy poco, pero desató una discriminación criminal, el daño ya estaba hecho. Bolsonaro hizo lo mismo en Brasil, pero llegó incluso más lejos, al punto de decirle a la ex ministra de Derechos Humanos Maria do Rosario “no te violo porque no te lo mereces, por fea”. Pero ganó, oficializando el daño.

El plebiscito para que las FARC dejaran las armas este año corrió la misma suerte y ganó el No a último minuto, porque la oposición promovió una serie de mentiras acerca del enfoque de género, que asustaron tanto a los colombianos que votaron contra cualquier iniciativa del ex presidente Santos con tal de atacar a la entonces ministra de Educación y sus “diabólicos planes de homosexualizar a los niños”. Y se dañó la paz.

En 2016, Keiko Fujimori hizo un pacto con el pastor Santana, hoy acusado de abusador, ofreciéndole bloquear la unión civil. Y ni con esas ganó, pero metió a demasiada gente tóxica en el Congreso. Lo demás es conocido y se resume en una palabra: daño.

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