Juegos Panamericanos
Roberto Lerner
Roberto Lerner

Veo padres que se preguntan si sus hijos tienen habilidades especiales; quieren saber si la precocidad que ellos perciben es parte de talentos muy por encima del promedio, de esos que prometen futuros extraordinarios.

Si la respuesta es afirmativa, ¿qué deben hacer? Pedir que un especialista los evalúe para salir de dudas; hacerlo saber, suponiendo que en la escuela no se hayan enterado; cambiarlos a un colegio que los estimule más o inscribirlo en alguno de los cientos de talleres que prometen llevar los desempeños a las cimas de la excelencia; buscar que interactúen con chicos de las mismas características.

En esta ocasión quisiera enfatizar lo que no deben hacer: convertirse en managers de sus hijos. He visto más de la cuenta de eso. Piden al niño que muestre lo extraordinario que es, exigen exoneraciones, ayudas económicas, ingresos inmediatos por parte de instituciones y autoridades, lo alejan de chicos normales. Los talentosos requieren apoyo y alguna forma de reconocimiento, así como nutrir sus intereses y volar a la altitud de sus capacidades, sin duda.

Pero siguen siendo niños o adolescentes que deben resolver tareas que trascienden a sus habilidades especiales. Sus emociones y afectos requieren de un entorno diverso, sus autoestimas no pueden quedar a la merced de un solo tipo de desempeño, por más extraordinario que sea. Y sus padres no deben asumir el papel de promotores sino seguir siendo básicamente las personas que fomentan que se consolide una persona y no un menú de performances ni un catálogo de desempeños.

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