(Getty/Referencial)
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Hace un año estuve en Chile, envidiando sus vías urbanas, su sistema de metro, su desarrollo. Hace algunas semanas conversé con un empresario chileno respecto a los problemas que atravesaba la región, económicos y políticos. Mi despedida fue “pero ustedes tienen suerte”.

Al día siguiente, Chile explotó, incomprensiblemente. A medida que la información y análisis se conocían, el hecho no resultaba tan sorpresivo: ya había habido advertencias respecto a que Chile era el único país de la OCDE que tenía un horario laboral de más de 40 horas semanales. Testimonios de trabajadores “de saco y corbata” (no de obreros) daban cuenta de la actitud soberbia, despectiva y absolutamente distante de la clase empresarial. Y todo eso se ve y se resiente, aun cuando la población tiene acceso a servicios cuya calidad ya quisiéramos tener en el Perú.

El Perú no ha sido ajeno a acciones violentas derivadas del resentimiento: el golpe militar y sendero luminoso no son tan lejanos. Que el remedio resulte peor que la enfermedad siempre puede ocurrir y, finalmente, todos perdemos y retrocedemos, pero cambiamos. Al menos temporalmente reaccionamos y enmendamos.

Hoy, estamos a tiempo de adelantarnos. Y algunas empresas lo están haciendo. Cuando se dio el terremoto de Pisco o el fenómeno El Niño, vimos a muchos empresarios trabajar junto con sus trabajadores, especialmente en el campo, para reparar sistemas de saneamiento, caminos y reconstruir sus casas. No solo prestaron maquinaria: estuvieron allí.

No esperemos un desastre ni natural ni humano para ser solidarios. Adelantémonos. La Ley Agraria no ha sido promulgada aún, pero ya sé de al menos una empresa (Cerro Prieto) que se ha adelantado incrementando el jornal, CTS, gratificaciones y vacaciones.

Próximas las Navidades, demos a quienes tenemos cerca algo más permanente que chocolate y panetón.

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