Abimael Guzmán fue capturado el 12 de setiembre de 1992. (photo.gec)
Abimael Guzmán fue capturado el 12 de setiembre de 1992. (photo.gec)

El 13 de setiembre de 1992 cayó en domingo. Estaba viendo dibujos animados en una mañana común en la sala de nuestra casa en Yanahuara, Arequipa. De la nada, empiezo a escuchar gritos eufóricos y aplausos de mi padre, que bajó corriendo a la sala para anunciar: ¡Atraparon a Abimael! ¡Atraparon a Abimael!

Recuerdo que en mi infantil ingenuidad pensé que habían atrapado a Luis Miguel, el cantante mexicano, y no entendía por qué mi padre celebraba tanto la captura de ‘El Sol’.

En mi defensa, tenía siete años, y mi interacción con el terrorismo era tangencial, lejana. Un rumor, persistente hasta hoy, es que en Arequipa no sufrimos el conflicto contra SL, porque Abimael era nativo de la Ciudad Blanca. La realidad es que no vimos nada parecido a la violencia que se vivía en Lima y, ni qué decir, de las atrocidades que ocurrían en Ayacucho y comunidades remotas en todo el país.

Por mi edad y por vivir en una burbuja, no comprendí la magnitud de lo ocurrido la noche anterior. Pero, ahora, esa es la realidad de gran parte del país. Han pasado 29 años desde la captura del más grande genocida de nuestra historia. Hoy, la componen personas con una edad menor a esa cifra.

Ahora cuando, trágicamente, figuras del gobierno lo relativizan, es importante dar un contexto claro sobre el camarada ‘Gonzalo’: un personaje nefasto, de una crueldad y fundamentalismo de , que a pesar de hablar en nombre del “pueblo” nunca entendió los reclamos de los más vulnerables.

Como lo dijo el gran antropólogo Degregori: “…la ceguera ante la cultura en general y la cultura andina específicamente, contribuyeron en grado importante tanto a la derrota de SL como a la bancarrota del ‘marxismo de manual’”. Lección que, tristemente, debemos transmitir nuevamente.