Un día antes de casarse civilmente con un joven al que conoció en la Universidad de Berkeley, estudiando una maestría de negocios, Valentina invita a Sofía, su mejor amiga de toda la vida, a visitar un spa y tomar unos masajes para relajarse y aplacar la ansiedad que la devora. Valentina está enamorada de George, el estudiante californiano. No por eso consigue refrenar el desasosiego que la invade, en vísperas de la boda. Siente que está por emprender un viaje que no sabe adónde la llevará. Se pregunta si no fue una precipitación aceptar la propuesta de casarse, habiéndose conocido hace pocos meses. Está feliz y, al mismo tiempo, angustiada, si tal cosa es posible.

Sofía ha viajado desde Nueva York, la ciudad en la que vive, para asistir al casamiento en Lima. Aunque no tanto como su amiga, Sofía también está nerviosa. Valentina le ha pedido que diga unas palabras en la ceremonia. Sofía ha pasado semanas preparando el discurso que pronunciará en inglés, para que el novio y su familia puedan entenderlo. Se sabe el discurso de memoria, se ha obsesionado con él.

Después de desnudarse y cubrirse con unas batas blancas de algodón, Valentina y Sofía se despiden y pasan a sus sesiones individuales de masaje. Ambas han elegido a masajistas mujeres. Valentina ha pedido un masaje de apenas treinta minutos. A Sofía, tendida en la camilla, le preguntan si desea tomar un masaje de una hora, y no duda en decir que sí. Está exhausta, ha llegado esa mañana desde Nueva York. Valentina está orgullosa de su cuerpo. Ha sido gorda o gordita toda su vida escolar. Era la gordita simpática de la clase. Nadie adivinó que, cuando se enamorase, bajaría tanto de peso. Por eso se hace fotos en bikini y las sube a Instagram: no puede creer que, habiendo sido la gordita de la promoción, ahora se vea como una diosa, o así se ve ella, y la ve también su novio George.

Terminado el masaje de media hora, Valentina se da una ducha, se viste, paga con su tarjeta y espera a que Sofía aparezca. Pero no aparece. Se ha quedado dormida. La masajista le respeta el sueño y se retira con sigilo. Entretanto, Valentina se impacienta. Cuando advierte que lleva cuarenta minutos esperando a su amiga, pierde el control. Furiosa, entra a buscarla. La encuentra tendida en una camilla, durmiendo profundamente. La despierta de un grito. Sofía da un respingo, asustada. Valentina la trata con rudeza:

-¡Apúrate, huevona! ¡Te estoy esperando hace horas! ¡Qué conchuda eres!

Presurosa, Sofía se dirige a las duchas.

-¡No tengo tiempo para que te duches! –grita Valentina, de pronto poseída por un enfado que le quema las entrañas–. ¡Vístete rápido!

Pero Sofía le dice con voz calmada que necesita darse una ducha.

-¡Conchuda! –le dice Valentina, y se retira, dando un portazo.

Vuelve a insultarme y la mando al carajo y no voy mañana a su jodido matrimonio, piensa Sofía, indignada de que su amiga la trate con esa aspereza. Se ducha y viste a toda prisa. Al salir, no encuentra a Valentina. Le preguntan si deben cargar el masaje a la tarjeta de crédito de Valentina. Sofía piensa: Valentina me invitó, es justo que me pague el masaje. Sí, dice, lo ponemos a su tarjeta, por favor. Luego sale del hotel a paso rápido y entra al auto de Valentina, que la espera con el gesto contrariado.

-¡Apúrate, que estamos tarde! –grita Valentina.

-¿Pero cuál es el apuro? –pregunta Sofía.

-¡Nos están esperando! ¡Tenemos que ensayar!

-¿Ensayar qué?

-¡Ensayar la fiesta de mañana! ¡Los bailes, los anillos, los discursos, todo!

Qué estrés, piensa Sofía, debí quedarme en Nueva York. Valentina acelera y maneja como una loca. Los padres de Valentina las amonestan por llegar tarde. Todos están nerviosos, crispados, de mal humor. Da la impresión de que no se preparan para un evento feliz, sino para un acontecimiento infausto, malhadado, una desgracia inevitable.

Al día siguiente, Valentina se casa con George. Cuando Sofía pronuncia su discurso, se roba la fiesta: todos se ríen y lloran. Sofía se siente una estrella. Se relaja, se emborracha, se entrega a bailar sola. En un momento, George le pide que baile con él. Bailan juntos. George se acerca a ella y le susurra al oído:

-Te odio.

Luego se ríe, se ríen. ¿Por qué la odia? Ella lo sabe bien, aunque Valentina no lo sabe, no debe saberlo. Semanas atrás, de visita en Nueva York, George invitó a cenar a Sofía. Se emborracharon. George le dijo que amaba a Valentina, la amaría para toda la vida, pero necesitaba permitirse una aventurilla antes de casarse, una infidelidad calculada, inofensiva, solo una canita al aire, y quería que esa secreta transgresión, o esa mínima perfidia, ocurriera con ella, con Sofía, siempre que le guardase el secreto. Sofía se negó a pasar la noche con él, ni siquiera condescendió a besarlo: llamó un taxi y lo despachó, como si fuera un bulto que estorbaba. Por supuesto, no le dijo una palabra del incidente a Valentina. Pero se quedó pensando que tal vez Valentina no sabía bien con quién estaba casándose.

Poco después del baile entre George y Sofía, los amigos del novio, todos alcoholizados, todos eufóricos, lo cargan en andas y lanzan al aire, sosteniéndolo entre varios, antes de que caiga. Lo hacen volar una, dos, tres veces, y todo es jolgorio y algarabía, pero luego lo avientan una vez más y alguien se despista y no lo sostiene, y el novio cae pesadamente al piso de madera de la pista de baile, y se da un golpe en la cabeza, y se queda tendido, mientras sus amigos, avergonzados, se disculpan y tratan de reanimarlo. George se pone de pie, está sangrando, tiene un corte en la cabeza. Lo llevan deprisa a una clínica cercana. La fiesta se suspende. Valentina se marcha con su novio accidentado. Sofía piensa que es un mal augurio, una señal inquietante, el presagio de que ese amor terminará ensangrentado. Por suerte, el corte no ha sido profundo. Le cosen la herida y George regresa a la fiesta. Entonces Sofía se retira a descansar, abrumada por tanta felicidad ruidosa que le recuerda que ella no tiene pareja ni quiere tenerla.

Al día siguiente, los novios se van de luna de miel. Como los padres de Valentina son ricos, pagarán la luna de miel que durará cinco semanas y los llevará a Londres, París, Venecia, Praga, Viena, Copenhague, San Petersburgo, Estambul y, finalmente, Mykonos y Santorini.

Estando en Venecia, Valentina le escribe un correo electrónico a Sofía, que ya está de regreso en Nueva York:

-Me ha llegado la cuenta de mi tarjeta de crédito. No puedo creer que hayas tenido la frescura de no pagar tu masaje. ¡Te pasas de conchuda! Por favor, págame tu masaje.

Luego le da sus datos bancarios para que Sofía le transfiera el costo del masaje a esa cuenta. Sofía se queda perpleja, demudada. Son solo cien dólares, cómo me los va a cobrar, si viajé desde Nueva York a su boda, piensa. Pero no lo duda y, herida en su orgullo, le transfiere los cien dólares de marras, sin escribirle una palabra, pues no quiere dignificarla, peleándose con ella.

Unos días después, desde Praga, Valentina vuelve a escribirle en tono de reproche:

-Todavía no me has comprado mi regalo.

Enseguida le dice cuál es la tienda de lujo donde se compran los obsequios a los novios.

-Los cubiertos de plata me vendrían regio –escribe Valentina.

Sofía entra en la página digital de la tienda y lee el precio del juego de cubiertos de plata: cinco mil dólares. Siente un ramalazo de furia e indignación. Se siente atropellada, abusada por su amiga. No debí asistir a su boda, piensa.